El Perro Paco con el Marqués de Bogaraya en el Café de Fornos

El Marqués de Bogaraya, flautista, gentilhombre y alcalde de Madrid

En el día de hoy, y con la inestimable colaboración de nuestro amigo Erithacus Rubecula, petirrojo europeo -madrileño, para más señas- para los amigos, vamos a detenernos en uno de los personajes más importantes que rodearon la vida de nuestro querido Perro Paco, aquel perro vagabundo que se ganó el corazón de los madrileños en el último cuarto del siglo XIX. Estamos hablando de Don Gonzalo de Saavedra y Cueto, Marqués de Bogaraya

Les refresco la memoria. El Marqués de Bogaraya fue aquel que en la noche del 4 de octubre de 1879, festividad de San Francisco, sentó a un perro vagabundo en su mesa en el Café de Fornos, le invitó a un pedazo de carne y le bautizó, haciendo honor al santo del día, con el nombre de Paco. Desde entonces se convirtió, según cuentan las crónicas o leyendas del Foro, en su principal valedor y protector en aquel Madrid tan distinto del que hoy podemos sobrevolar. Sobre aquel lance en el Fornos, puede el lector leer más aquí.

Para hablar del marqués, me gustaría comenzar exponiendo ante ustedes las palabras con las que le define el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia: “Flautista, gentilhombre de la cámara de Alfonso XII y alcalde de Madrid”. Nótese que la condición de alcalde de la capital del reino aparece en un discreto tercer puesto en el podio de sus logros.

Don Gonzalo de Saavedra y Cueto nació en París el 12 de agosto del año 1831 en el seno de una familia aristocrática, hijo de Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano, Duque de Rivas, y de María de la Encarnación de Cueto y Ortega. Fue el cuarto hijo de un total de nueve hermanos. Recordarán a su padre, el Duque de Rivas, por ser el inmortal autor de la obra teatral “Don Álvaro o la fuerza del sino”. Cuando nació Gonzalo, la familia vivía exiliada en París. No tardaron en regresar a España, tras la amnistía declarada en 1833 por la reina regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. 

Don Gonzalo de Saavedra y Cueto, Marqués de Bogaraya
Don Gonzalo de Saavedra y Cueto, Marqués de Bogaraya. La Ilustración Española y Americana, 22 de enero de 1899.

Militar golpista contra la Primera República Española

Las armas fueron el primer destino de Don Gonzalo de Saavedra y Cueto, que se inició como cadete en el cuerpo de artillería. Sin embargo, “faltándole la paciencia para acabar sus estudios, prefirió ser alférez de Caballería”, pasando a formar parte del ejército de Cuba a las órdenes del general Don José Gutiérrez de la Concha, como nos refiere el semanario El Progreso Agrícola y Pecuario. Será esta misma publicación la que nos arrojará alguna información sobre la juventud cubana de Don Gonzalo: “Allí estuvo haciendo las delicias de los salones de aquella aristocrática sociedad en aquel tiempo, hasta que volvió a la Península, donde siguió en la carrera militar hasta alcanzar el empleo de comandante, con el que se retiró”.

En 1857 y por tanto a la edad de casi 26 años, Don Gonzalo contrajo matrimonio con la joven viuda Fernanda de Gaviria y Gutiérrez (1835-1913), sin que llegaran nunca a tener hijos. Fernanda era a su vez hija de José Manuel Gaviria Alcoba, marqués de Gaviria y conde de Buena Esperanza, y María Ignacia Gutiérrez Tejedor. Como se puede ver en esta ensalada de títulos nobiliarios, todo quedaba en casa. No sería hasta algunos años después, en 1965, en el año en el que cumpliría los 34 años, cuando Don Gonzalo obtuvo el título de Marqués de Bogaraya tras la renuncia de su padre, Duque de Rivas, y de su hermano Enrique, Marqués de Auñón.

Según afirma el escritor y ‘maestro masón’ Anselmo Vega Junquera en su obra “El secreto de Amparo”, el marquesado de Bogaraya se inscribía en lo que se consideraba nueva nobleza, al datar su título nobiliario de 1687. Don Gonzalo y Doña Fernanda vivían en un palacete que daba al Paseo del Prado de Madrid, una zona de edificaciones que ocupaba precisamente esa nobleza de nuevo cuño a la que pertenecía.

La cosa se pone más interesante cuando hallamos su nombre ligado a las milicias que trataron de derrocar por la vía armada la Primera República Española (1873-1874). El Marqués de Bogaraya lideró uno de los escuadrones de los Voluntarios de la Libertad. En particular, lideró el escuadrón llamado del Agua de Colonia, como también existían el del Aguarrás o el del Aguardiente, en alusión a los gremios corporativos a los que pertenecían la mayoría de sus integrantes.

Estas circunstancias son recogidas por Eduardo González Calleja en su obra “La razón de la fuerza: orden público, subversión y violencia política en la España de la Restauración (1875-1917)”, donde da cuenta de cómo la milicia de los Voluntarios de la Libertad era financiada por el dinero de hombres de negocios tales como Urquijo, Ibarra o el duque de Sesto. Dedica unas reveladoras palabras a describir la composición social del grupo armado: “(…) la alta burguesía y la nobleza alfonsinas junto a honrados comerciantes deseosos de imponer la paz social de una vez por todas, hermanados a una legión de broncos reclutas, matarifes, toreros, charlatanes, tratantes, chisperos y gitanería; la flor y nata de la calle de Toledo, horteras y majos de arrabal o los porristas de Ducazcal y Romero Robledo, todos juntos en plebeya camaradería con señoritos tronados y aristócratas rumbosos”. Una banda, vamos.

De la vida militar a la política, de oca en oca y tiro porque me toca

Don Gonzalo pasó de la vida militar a la política, caminos en los que la nobleza pareciera encontrar siempre un lugar de privilegio. Finalmente, los suyos impusieron su ley, y Alfonso XII subió al trono, restaurándose la dinastía borbónica en España. El Marqués de Bogaraya, afiliado al Partido Conservador, se incorporó en 1876 a las Cortes como diputado por el distrito de Saldaña (Palencia), a la edad de 45 años. Según el archivo digital del Congreso de los Diputados permanecerá en el cargo durante dos años. No obstante, en la edición del diario La Correspondencia de España del 14 de enero de 1899, un día después de la muerte del marqués, un artículo afirma que estuvo presente durante varias legislaturas en las Cortes, representando al distrito salmantino de Peñaranda de Bracamonte. La cuestión esencial es que Don Gonzalo de Saavedra y Cueto encontró a partir de ese 1876 acomodo en la política, primero a nivel nacional y, posteriormente, en Madrid. 

Nombrado primero concejal, el 21 de enero de 1884 el Marqués de Bogaraya es nombrado alcalde de Madrid, bastón de mando que sostuvo durante un poco más de un año, hasta el 4 de abril de 1885. Este tiempo sirvió para la inauguración de la Cárcel Modelo y para terminar las obras de la iglesia de San Andrés de los Flamencos. Don Gonzalo tuvo que afrontar, además, como alcalde de Madrid, el importante incendio desatado el 9 de julio de aquel año, que llegó a poner en peligro el Palacio. Pero, sobre todo, tuvo que enfrentarse al desbordamiento del río Manzanares, que solo tres meses después de su llegada a la alcaldía, arrasó con los lavaderos, huertas y casas que se encontraban a sus orillas.

Del Consistorio saltó al puesto de gobernador civil de la provincia de Madrid en 1892 con Cánovas del Castillo al frente del gobierno central, puesto en el que por cierto sustituyó a su hermano Teobaldo, Marqués de Viana, reforzándose una cierta idea de lo que era entonces el mundo de la política. Aún le quedó tiempo para presidir la Diputación Provincial de Madrid y para ser, finalmente, diputado raso en esta institución por el distrito madrileño de Palacio, hasta su fallecimiento el 13 de enero de 1899.

La flauta y los caballos, las pasiones del “rubiales de párpado caído”

Volviendo a Vega Junquera, no realiza precisamente un retrato glorioso del marqués, a quien sitúa en su obra en 1886, definiéndole como “un hombre mofletudo y ojituerto, avejentado para su edad”, que camina “renqueando”. Alude además en sus páginas a las simpáticas palabras de Ramón María del Valle Inclán, que se refirió a Don Gonzalo como “el rubiales de párpado caído” en su obra “Viva mi dueño”.

Pareciera que en ese punto la vida del Marqués de Bogaraya se encontraba ya en decadencia, incluso física, pero no siempre fue así. Como buen miembro de la nobleza, las aficiones de Don Gonzalo no eran cualquier cosa. Junto a su inclinación por los salones de la aristocracia, una de sus grandes pasiones fueron los caballos. Don Gonzalo fue un reconocido jinete y domador de caballos. O como se decía pomposamente en la época, fue todo un sportsman.

En su edición del 23 de enero de 1899, con motivo de su fallecimiento, El Progreso Agrícola y Pecuario daba cuenta de esta pasión en la nota firmada por Federico Huesca: “(…) Pero de lo que ningún periódico ha hablado es precisamente de la pasión del Marqués por el sport, en la que era consumado profesor y la figura de más relieve de estos últimos tiempos. (…) Dotado de una inteligencia clara y con una paciencia a toda prueba, Bogaraya ha conseguido poner en la obediencia y domar por completo los caballos más agrios y difíciles de Madrid (…)”.

Volviendo al inicio, Don Gonzalo era definido por el Diccionario Biográfico en primer lugar como flautista. Parece que fue un apasionado de este instrumento musical, en el que llegó a alcanzar un buen nivel. No fue nunca músico profesional, pero sí gustaba de participar en conciertos y perteneció a distintas agrupaciones de prestigio, como la Sociedad Filarmónica y la Sociedad de Conciertos de Madrid.

Nos queda ya solo por resolver su condición de ‘Gentilhombre de Cámara’. El monarca Alfonso XII premió a Don Gonzalo de Saavedra y Cueto con este título por sus probados servicios a la monarquía, así como con las cruces de Isabel la Católica y Carlos III. El título de gentilhombre era un reconocimiento del aprecio regio por el condecorado. Se representaba con una llave de plata sobredorada, decorada con esmaltes y con flecos también dorados, que debía exhibirse en el lado derecho del costado cuando se vestía de etiqueta. Tenía el significado simbólico de contar con acceso directo a la cámara real.

Obituario del Marqués de Bogaraya

En su edición del 22 de enero de 1899, la revista La Ilustración Española y Americana abría su publicación con un grabado del Marqués de Bogaraya de pie, de perfil, con distinguido mostacho, vestido con ropa militar de gala, banda al pecho, la gorra en una mano y en el sable envainado la otra. Se daba fe de su fallecimiento en el día 13 de ese mes a causa de una “penosa y larga dolencia”. Esta publicación resumía de este modo su trayectoria pública:

“Afiliado al partido conservador, intervino en la política contemporánea, y ejerció los cargos de gobernador, alcalde y presidente de la Diputación provincial de Madrid, dejando excelente recuerdo de la probidad y corrección que en la gestión de los mismos demostrara. Su muerte ha sido muy sinceramente sentida por todas las clases sociales: pues si en el mundo político su limpia historia merecía generales respetos y en los más aristocráticos salones se estimaban sus altas prendas de sportsman distinguido, en las demás esferas de la vida madrileña le había conquistado amistades y simpatías su noble, franco y amabilísimo trato. Descanse en paz el que supo vivir como perfecto caballero, y padecer y morir con admirable serenidad y resignación cristianas”.

El Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, atravesando el tiempo, le dedica finalmente estas elogiosas palabras: “Se decía de él que era el alcalde de la elegancia y destacaba por su simpatía y por cultivar las amistades.

Estos fueron los frutos del trabajo de documentación realizado junto a nuestro amigo el petirrojo y con el que fuimos a obsequiar a nuestro amigo el Perro Paco, ávido por seguir desentrañando la herencia familiar. No pareció muy entusiasmado cuando acabó de leer, está claro que esperaba otra cosa del que fuera el mentor de su antepasado el Perro Paco. Fue el petirrojo el que habló, algo molesto por el desdén que mostraba el chucho después del tiempo que habíamos dedicado a la investigación.

Distancia, Paco, distancia. Que no eres tú el que tenía amistad con este hombre. Que no eres tú el taratabuelo de tu abuelo. ¡Que no eres tú, Paco, leche! Y tampoco acabes de dar todo esto como única verdad, pues ¿qué vida cabe contenida en los diccionarios, periódicos y relatos de su tiempo? De todos modos, querido amigo, ¿qué esperabas acaso encontrar? ¿qué diantres estás buscando, Paco?

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Santiago Gómez-Zorrilla

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