Concierto de Nacho Vegas - Octubre de 2020

Crónica a destiempo de dos conciertos de Nacho Vegas en el año de la pandemia

Era el 11 de enero de 2020 y recién estábamos empezando el año. Nada sabíamos de Wuhan, ni imaginábamos cuarentenas ni imposibles confinamientos, no sabíamos nada de estos miedos, de estas palabras, de estos lodos que nos cubrirían de forma inmisericorde según avanzara el año. Actuaba Nacho Vegas en el Circo Price, y el Perro Paco, y un servidor tras su estela, se colaba entre las butacas para ver cómo era aquello. 

Fue una velada para disfrutar. El concierto se encuadraba en el ciclo madrileño del Inverfest 2020 y formaba parte de la gira Violética del cantautor con banda asturiano. Como todo concierto que se precie estuvo antecedido por la consabida previa de botellines en cualquier bar de la zona. Los suficientes para entrar en calor, para dejar atrás las prisas y los dolores y alegrar el alma para que mejor entre la música. Nacho Vegas se despedía de su banda habitual, formada por los músicos que componen un proyecto con más que vida propia como es León Benavente, y además invitaba para la cita a Christina RosenvigeCristina Martínez (El Columpio Asesino) o el Coru Antifascista Al Altu La Lleva. Todo salió más que bien y nos fuimos dando saltos, a casa o a donde cada cual encontrara su rumbo, pues nada sabíamos en aquel tiempo de toques de queda. 

Era sábado 24 de octubre de 2020 y en apenas esos nueve meses todo se había ido al garete. Volvimos en parecida cuadrilla a ver a Nacho Vegas, que volvía a actuar en Madrid, esta vez en el Teatro Nuevo Alcalá. Con la esperanza de recuperar sensaciones, con la necesidad de reconquistar territorios perdidos: la valiosa atalaya de la música en directo. 

Esta vez no hubo despreocupados botellines en un pasillo estrecho entre la barra y la pared, con las chupas apiladas de cualquier modo sobre un taburete. Hubo que conformarse con un gélido tercio en terraza, con las cremalleras abrochadas y como un ejercicio, casi obligado, de no olvidar cómo se hacía. Como en enero, las entradas parecieron agotarse, pero esta vez había muchos asientos vacíos, los que separaban cada grupo. Los asientos que, confiábamos, no ocupara el maldito bicho microscópico que nos está amargando la vida. Una política de asientos tranquilizadora, no sé si efectiva, pero al menos con su efecto placebo incorporado. Todo un señalamiento público a la soledad, a aquellos aventureros que se van solos de concierto un sábado noche en tiempos de pandemia. De todos es sabido y más en los tiempos que corren de miles de like amigos que la soledad no tiene muy buena prensa. Y ahí estaban, sin embargo, algunos valientes, como el personaje que se sentaba justo delante de mí, flanqueado por dos asientos de nadie.

En el año en el que hemos convertido la distopía en lugar común a evitar, todos vestíamos idéntico atuendo: mascarilla tapando bocas y narices, congelando las cuerdas vocales de la mayoría. Más que nunca tomaba literal sentido la palabra tapabocas que utilizan en algunos de los países americanos para referirse a esta odiosa prenda imprescindible ahora. Nunca como ese día la he sentido como una perfecta mordaza, como en aquellas películas que veíamos antes en las que alguno de los protagonistas quedaba atado y amordazado y resultaba tan angustioso no poder gritar con la voz llena. A nuestro alrededor, en los laterales, las acomodadoras, como tristes inspectores de hoy, vigilaban aguzando la vista el correcto vestido de nuestras bocas, todas sospechosas de andar espurreando como descosidas. Delante de mí, pero un poco más a la derecha del solitario espectador, una chica fue amonestada porque su afilada y atrevida nariz había salido a pasear dejando solo la boca a cubierto. Una de sus amigas, más temeraria aún, había osado bajársela hasta el cuello. Como si nada pasara. Como si estuviéramos en enero y fuéramos felices o algo. 

Nacho Vegas se veía igual o prácticamente, con la solvente pinta del desaliñado elegante que en la boda siempre triunfa, atacando desde la mediapunta. Pese a lo que pudiera parecer al lector, con este doble concierto en precisamente este año, el que escribe no ha sido un gran seguidor del cantautor de Gijón, y durante muchos años permaneció ajeno a su propia existencia y a su éxito, tan vastos son los terrenos de la música y de la vida. Mi amigo el Perro Paco, que sí le tiene afición, me miró con cierta condescendencia cuando le dije que en realidad le conocía desde hacía poco tiempo. 

Vegas vagabundea errático por el escenario como si estuviera a un tris de caerse, casi tambaleándose. Pero en enero lo hacía lo mismo. Da la impresión desde la distancia de que la mitad del tiempo tiene los ojos cerrados, que no está viendo ni jota. Pero su voz sale clara, convencida y convincente, con cierto tono monocorde, es cierto, pero que acaba teniendo un efecto algo hipnótico. Suena bien. Y se escucha aún mejor, porque el tipo es un gran escribidor de canciones y al final eso es lo más importante, que tiene cosas interesantes que cantar y las cuenta, que es lúcido y poeta. Así que sí, +1 y directo a este pequeño rincón periférico de crónica madrileña.

Pero más allá de Nacho Vegas, macabramente acompañado al fondo del escenario por una corte de perturbadores maniquíes, la cuestión era volver, volver por ejemplo a la música, a los conciertos, a los más de mil motivos, o mil mentiras, igual me da, que valen la pena, y de los que ahora nos han quitado unos cuantos. Apliqué la misma lógica que en mis primeros viajes en solitario: sí, tal vez mejor acompañado, pero mejor hacerlo solo a no hacerlo. Mejor ir. Asumiendo que nada era como en enero. Que todo era peor, más feo, más chungo, más mierda, mucho peor, sin duda. Que a la hora y media se iba a cortar todo de un modo abrupto y prematuro porque quién sabe si por el toque de queda, por llamada del gobernador civil o del mismísimo coronavirus en persona vía zoom eso se tenía que terminar puntualmente. 

Seguramente fue mi impresión pero a mí me pareció que la gente canturreaba demasiado bajito, casi sin que saliera voz, marcando las sílabas sin emitir sonido alguno, allá, en lo oculto de su desnudez, tras la mascarilla. Y que ese silencio se contagiaba a las manos, a los brazos, a los pies, un silencio que te aplastaba. O que te apagaba. Un silencio triste y sobrio, demasiado sobrio. Tampoco el artista decía gran cosa al respecto, porque seguramente estaba tan extrañado como los demás y tampoco sabía qué decir. Por suerte, con el fluir de algunas canciones, también hicieron acto de presencia esas que casi me obsesionan pruebas de que seguimos vivos. Fue con “Que te vaya bien Miss Carrusel”, o con “Cómo hacer crac” o con “La gran broma final”. El tipo solitario que se sentaba justamente delante de mí subía entonces con esfuerzo los codos hacia arriba, con los antebrazos doblados, poniendo todo su empeño en el heroico gesto. Dos asientos más allá, las cinco amigas antes amonestadas volvían a erigirse en vanguardia y se podría decir que casi bailaban, sentadas, por supuesto, con actitud de comienzo de la noche, de primeros bailes de una noche larga y divertida que luego no se produciría. Algunas voces, incluso, rompían en esos momentos el cerco del muro de tela y se escuchaban a gritos, desentrenadas, fuera de forma, casi desubicadas, pero resistentes. Y también solitario, exótica rareza entre la multitud discontinua, se erigía en el horizonte, seis u ocho filas más adelante, un único brazo desafiante y firme, con un solo dedo, el índice, desplegado en punta, señalando el camino. 

Era 11 de enero de 2020 y éramos felices sin covid.

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