Calle de la Verdad. Carabanchel.

Por la calle de la Verdad con el Perro Paco

Los paseos del Perro Paco

La calle de la Verdad posee un nombre absoluto, rotundo. Precisamente fue su contundencia lo que llamó la atención del Perro Paco. ¿A qué se debería nombre tan solemne? ¿Existiría una paralela calle de la Mentira?

La calle de la Verdad tiene su origen en 1884 y una longitud de alrededor de 510 metros, entre sus límites en las calles de Josefa Fernández Buterga y Jacinto Verdaguer. Pertenece actualmente al barrio de Opañel, distrito de Carabanchel.

¿Cuál es el origen de su nombre? La respuesta deja al Perro Paco con la boca cerrada y los ojos muy abiertos. Nos la da, no podía ser otro, Don Pedro de Répide, cronista de Madrid, en su tratado dedicado al callejero madrileño que escribiera entre 1921 y 1925, en sucesivos artículos publicados en el diario “La Libertad”. Se cumplen 100 años de su obra.

Répide sitúa los límites de la calle de la Verdad en la carretera de Toledo y el Cementerio General del Sur, dentro del barrio del Marqués de Comillas. Don Pedro describe esta calle como una “áspera cuesta bordeada por humildísimas viviendas” que “justifica su nombre por ser el camino que conduce a dos cementerios”, en referencia al mencionado Cementerio General del Sur, ya desaparecido, y la Sacramental de San Lorenzo. Así que la Verdad a la que se refiere esta calle no es otra que la verdad por excelencia, la verdad de las verdades, la verdad última, la que sólo alcanzan los muertos en el camino hacia su último lecho.

Es un domingo de la primavera de 2022 y el Perro Paco se dispone a desandar esta cuesta, a recorrer la calle en sentido inverso a su numeración. Nos situamos pues al final de la calle, junto al cruce con Josefa Fernández Buterga, delante de un área infantil que está a su vez flanqueado por las cortas callecitas de Alonso Zamora Vicente y Albert Camus.

El señor con corbata en la puerta del cementerio
El misterioso señor con corbata junto a la puerta del cementerio.

Un Madrid que ya no existe: las piscinas de San Miguel

Nada más comenzar nuestro camino nos encontramos, en la acera de la derecha, con una mole blanca y gris: un edificio sobrio, insípido, tal vez funcional (la virtud que otorgamos a lo feo), que alberga en su interior el centro cultural municipal Fernando Lázaro Carreter. La impresión que se lleva nuestro perro callejero es la de encontrarse frente a un gran contenedor, el contenedor de la cultura. A su alrededor, un jardín de rosas ofrece algo de vida y belleza, junto a alguna espina.

Enfrente, en el flanco izquierdo de la calle según el sentido de nuestra marcha, se nos aparece un terreno desocupado, un solar en desuso, reapropiado por la naturaleza recurrentemente expulsada de la ciudad, un solar que parece ser que formaba parte de los antiguos equipamientos deportivos del Estadio de San Miguel, que ya no existe, tampoco. En estos terrenos, y en los colindantes, se situaba el complejo de piscinas más grande de la capital, las piscinas de San Miguel, unas instalaciones que eran propiedad de las Hermandades del Trabajo y que estuvieron en funcionamiento desde los años 60 hasta su demolición final en el año 2000. Hoy en día, la vegetación ha crecido y se ha convertido en uno de esos espacios en los que lo salvaje avisa de que puede estar arrinconado, pero no muerto.

Quiere la casualidad que precisamente en este pasado invierno, tras años de abandono, la Junta de Gobierno del Ayuntamiento de Madrid haya aprobado la modificación del Plan General de Ordenación Urbana para realizar una intervención sobre este solar, con la que “nace una nueva zona que revitalizará la imagen de este barrio de Carabanchel”, según la propaganda municipal. Ya veremos lo que quiere decir esto.

La parcela del Estadio de San Miguel comprende también el área colindante, en el que encontramos un enorme gimnasio de la cadena GO FIT, junto a un no menos colosal parking para sus usuarios. Una ciudad deportiva que ocupa la mitad de los 25.000 metros cuadrados de la parcela primitiva. El Perro Paco tiene el morro torcido, pero no me dice nada. Es de justicia reconocer que el gimnasio se ha asentado en la zona desde su apertura en 2016 y que no es descabellado calcular en miles sus visitantes diarios, voluntariosos ciudadanos de bien en busca de algo de brío para sus cuerpos. Como guiño al pasado, cuenta con una piscina cubierta y una pequeña piscina exterior.

Los altos muros de la Sacramental de San Lorenzo y San José

En esta mañana de primavera se escucha el canto de los pájaros y en ambas aceras, dos hileras de árboles, de ejemplares de Melia Azedarach, o cinamomo, de primavera tardía, comienzan a reverdecer.

Tras los rosales del Lázaro Carreter, nos encontramos con una rampa de acceso a un área de descanso, unos jardines tranquilos y diría que escondidos, en torno a un abeto que crece en el centro, y que son frecuentados principalmente por paseantes de perros con sus susodichos. Si los atravesamos, acabaremos descendiendo hacia la calle de Antonio Leyva. En la fachada posterior del centro cultural, metálica, que da a estos jardines, resalta un grafiti fechado en 2015 y firmado colectivamente por DONUS y algunos de sus integrantes.

Volvemos sobre nuestros pasos, y seguimos avanzando por la acera de la derecha de la calle de la Verdad. Inmediatamente nos topamos con una urbanización de construcción reciente, un bloque de viviendas bastante grande, que en su interior guarda además pistas de fútbol y baloncesto y piscina. Pareciera que estas casas miran hacia dentro, de espaldas a la calle. En el exterior, a pie de calle, no hay nada: ni tiendas, ni locales, nada. Sólo muros de ladrillo y barrotes metálicos, toda una declaración de intenciones.

Al otro lado de la calle, justo a continuación del parking del gimnasio se elevan ya, poderosas, las robustas paredes que dan su esencia a esta calle: los muros del cementerio, de la Sacramental de San Lorenzo y San José, que nos acompañarán a partir de ahora junto a la estrecha acera de la izquierda. En nuestro descenso, a medida que aumenta el desnivel de la calle, los muros de ladrillo del cementerio parecerán cada vez más altos, como una forma de disuadir a los muertos de aventurarse en correrías nocturnas o, quién sabe, de proteger su descanso de los gritos intrascendentes de los vivos. Sólo algunos árboles, tremendos cipreses, se atreven a asomarse sobre sus hombros.

Volvemos a cruzar la calle, y en la acera opuesta, justo al final de la urbanización padentro, se abre un espacio verde que acabará llegando hasta Antonio Leyva. Junto a algunos pinos, aquí se encuentra el huerto comunitario del Parque de Comillas, en el que los domingos, como hoy, hay jornadas de trabajo comunitario, con hortelanos urbanos de todas las edades. En el momento de este paseo, están trabajando la tierra.

Se suceden de aquí en adelante, frente a los muros del cementerio, una serie de parcelas desocupadas, interrumpidas por breves viales que bajan hasta la referida Antonio Leyva. Solares, descampados en estado de revalorización, vallados, en los que la vegetación ha crecido desordenadamente, que han sido reapropiados por los vecinos del barrio para usos y necesidades tan prosaicas como improvisado aparcamiento o parque canino. Es más que probable que su tiempo de clandestinidad esté contado, pues la expansión del centro de Madrid hasta el río convierte este territorio en un lugar de interés para muchos ojos, no todos buenos.

En la última de estas parcelas, de hecho, se han iniciado en las últimas semanas labores de desmonte y acondicionamiento del terreno, que prosperarán en las siguientes. Días después de este paseo, un trabajador de la obra responderá al curioso bajo el sol de mediodía diciendo que en ella se van a acondicionar unos jardines*. Buena noticia. Un cartel en la verja avisa de que la obra está custodiada por vigilantes del parque de los rosales de la zona Ricardo, en un mensaje que suena claramente a aviso a navegantes. Justo enfrente de esta parcela en obras, se encuentra la entrada a la Sacramental, una puerta metálica de color verde junto a la que localizamos a uno de esos extraños seres que pueblan las ciudades: el señor con corbata que habita no pocos muros de estas calles circundantes. Por cierto que el cementerio se puede visitar y es muy recomendable, al menos para quienes disfruten de esta forma de conocer la ciudad y su historia. Es nuestro caso.

Los muros de la Sacramental de San Lorenzo y San José
Los muros de la Sacramental de San Lorenzo y San José en la calle de la Verdad

Más solares que casas en una calle de la Verdad en proceso de transformación

Una de las particularidades de la calle de la Verdad es que a fecha de la primavera de 2022 apenas tiene viviendas en sus más de 500 metros. Es en este último tramo que encaramos hacia Jacinto Verdaguer donde se encuentran los escasos números visibles de la calle, únicamente hasta el número 7. Son edificios residenciales de seis plantas, de toldos verdes y ladrillo de color marrón, no tan rojizo, más pardo. Entre estas pocas viviendas encontramos la breve calle de Tomás Meabe que comunica la Verdad con Antonio Leyva. Frente a los números impares, en el lado izquierdo de la calle, una vez se dejan atrás los muros del cementerio, se abre la entrada a un área dotacional de equipamientos deportivos y de recreo que lleva ya el nombre de la perpendicular calle de Jacinto Verdaguer.

Hemos llegado por fin al final de la calle, que en realidad es el principio, de nuestro camino, pues la calle de la Verdad sube desde Jacinto Verdaguer, muy cerca de la glorieta del Marqués de Vadillo, en dirección a la carretera de Toledo, como dejó dicho Répide. En el comienzo de la calle nos encontramos con un Rastro Betel, que es una tienda benéfica de muebles y otros artículos de segunda mano y que es además proyecto de inserción sociolaboral para personas que lo han pasado mal. Junto al Rastro Betel, una tienda de frutas y verduras y, un poco más arriba, un establecimiento dedicado a elementos electrónicos de seguridad (porteros automáticos, vigilancia…), una ferretería-cerrajería y la peluquería de señoras (sic) MJ Estilista.

Por fin, al cabo de la calle, lo que empieza a ser una especie de extinción en nuestros barrios: un kiosko de prensa. Aprovechamos la ocasión para comprar el periódico, un periódico cada vez mas escuálido y elegimos hoy cabecera en función del diario que ha ilustrado su portada del día con la manifestación del Primero de Mayo. Con sólo una de las manifestaciones, en realidad, y no la más interesante a juicio del Perro Paco, por cierto. Pero algo es algo. La kioskera, con madrileño desparpajo, comenta con un cliente las previsiones de tormentas que se ciñen sobre la capital para apenas un par de horas después. ‘Qué le vamos a hacer. Es agua, no ácido”, relativizando el drama. ‘Claro, mientras no le dé Putin al botón”, le dan la réplica, en relación al malvado mayor de la primavera 2022.

Y así acaba el paseo del Perro Paco y quien le hace de escriba por una de las tantas calles de Madrid por las que nuestra ciudad late y muere, por la calle de la Verdad, por la que los muertos se encaminaban a la última revelación.

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Santiago Gómez-Zorrilla

La Calle de la Verdad está vigilada

*/ Actualización / En posterior visita a las obras del solar situado frente a la puerta de la Sacramental, un segundo trabajador de la obra le confirma a El Perro Paco que la actual faena consiste en el acondicionamiento de unos jardines. PERO que, efectivamente, después llegará la ansiada obra del nuevo centro de salud del barrio de Comillas. Seguiremos informando.

> Visita la sección de Rincones de Madrid en la revista El Perro Paco.

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2 Replies to “Por la calle de la Verdad con el Perro Paco”

  1. Pues a ver si es verdad que hacen un buen parque, con buenos árboles que den sombra y una fuente donde pueda beber el perro Paco. A ver si es verdad…

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