Enero es un mes, como ya dijimos de diciembre, de relativa calma en la huerta. Me decía mi amigo, Fernando, que hasta San Antón, pascuas son y razón no le faltaba. La resaca de fiestas navideñas y encuentros con viejos amigos se alarga hasta entrado enero. A la falta de tareas urgentes se une la necesidad de descanso y cierta pereza que producen los hielos del alba, que invitan a retrasar la tarea en el campo. Pero aún con todo, la tierra tiene sus ritmos y sus quehaceres.
Primeros de año, es buena época para cavar la tierra en profundidad. Nosotros a mano, con la laya y la pala jardinera. Levantamos la tierra 20 ó 30 centímetros, para airear la capa superficial y facilitar la labor de lombrices y topillos que también ayudan en crear una zona superior esponjosa, porosa, donde las raíces de los próximos cultivos se desarrollen fácilmente. Me decía Pedro, un abuelo del pueblo que en paz descanse, que es bueno cavar en invierno, porque así las lluvias y el agua de rocío penetran en la tierra y al helarse la resquebrajan aún más por dentro, haciendo que una cava de 30 centímetros obtenga una profundidad aún mayor.

Previamente a la cava, nosotros desbrozamos el paño, es decir, el trozo de tierra que vamos a cavar, y dejamos los restos vegetales en superficie, para que se mezclen y se deshagan durante el invierno. Además, añadimos estiércol para dar vida al suelo. En nuestro caso añadimos la gallinaza de nuestro corral. El objetivo es fomentar la fertilidad de la tierra, con la presencia de materia orgánica que poco a poco se irá descomponiendo y transformando en nutrientes mineralizados, que son los que finalmente las plantas absorben a través del agua de riego. En agricultura ecológica, alimentamos los suelos, la tierra, no las plantas. Fomentamos un suelo rico, con mucha vida de microfauna como lombrices, tijeretas (los cortapichas) y cochinillas (los bichos bola de toda la vida) que ayudan a descomponer la materia orgánica y aportan riqueza y sustento a nuestros cultivos.

Seguimos cosechando ricos puerros, aquellos que plantamos en verano y también escarolas. De la despensa disfrutamos de las calabazas y nueces que mantenemos almacenadas en lugar fresco y seco. También la carne de membrillo, que mezclada con yogur natural se convierte en un postre sano y sabroso.
En el apartado de nuevos cultivos, tan solo hemos sembrado las habas, que si van bien comeremos entrada la primavera. Los ajos, sembrados en otoño, siguen su lento y buen crecimiento.
A partir de aquí nos ponemos serios y un poco tristes. Puede parar de leer aquí quien quiera. Pero si hablamos de nuestra huerta, no todo es flores por aquí y mariposas por allá. El campo no es así.
Este mes, con todo lo contado hasta aquí, sin embargo, no ha sido bueno para nuestro proyecto de agroecología familiar. Dos cabras enanas que teníamos desde el verano sufrieron el ataque de dos perros sueltos. Murieron las chivas. El asunto, que podría haber sido peor de haber estado los chavales o nuestra veterana pastora alemana presentes en el momento del ataque, no pasó de ahí. Los perros se habían escapado de una finca cercana, entraron en el corral e hicieron lo que su instinto les pedía: cazar. Nuestras cabras las teníamos para labores de desbroce, aunque en alguna ocasión nos ‘desbrozaron’ algún cultivo que no debían. Las cabras, herbívoras, comen plantas. Los perros, carnívoros, cazan herbívoros de forma natural. Una mala gestión por parte de los humanos responsables desemboca en esto.

El dueño de los canes asumió su responsabilidad y nosotros entendimos que aunque el daño no podía repararse, como bien decía una amiga hortelana nuestra “está bien que el dueño asuma y comprenda el perjuicio ocasionado, porque eso ya rehabilita en algo”. Finalmente, tras dialogar, llegamos a un acuerdo de compensación de daños y retiramos la denuncia interpuesta. En el proceso, un grupo de vecinos y vecinas nos apoyó para identificar a los perros asaltantes y buscar las oportunas responsabilidades. Los lazos vecinales sirvieron para enmendar una situación desagradable, sin necesidad de pasar a mayores.
Y así es la vida. En la huerta y con animales: perra, gallinas, cabras… te acostumbras a celebrar la vida y a entender la enfermedad, las lesiones y las muertes como algo normal. Mi hija de 10 años comprende y asume lo que ha pasado con las cabras que habíamos criado con pena, pero también con la normalidad de que la Naturaleza es así: a veces dura, cruel si se quiere. La vida va aparejada de la muerte. No se entiende la una sin la otra. Por eso es bueno celebrar la vida y entender la muerte.
Quizá hemos acabado muy filosóficos. Ustedes disculpen, que no ha sido un plato de buen gusto el de las cabras muertas. “La huerta de Rocío” es una ventana desde la que les invitamos a asomarse a un rinconcito del campo madrileño tal cual es, sin edulcorantes. Para la peque de 4 años, a nuestras cabras las hemos llevado con su madre cabra a pastar por un bosque, formando un rebaño más grande. Quédense con esa imagen más amigable.
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La huerta de Rocío
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Efectivamente la vida es una mezcla de momentos agradables y otros todo lo contrario,como bien dices en muchos casos todo natural,el equilibrio del mundo para que unos vivan otros mueren.
Gracias por leernos y pasarte a comentar por la revista.
Que pena las cabritos… Que bien asumido por todos. Lección didáctica de comprensión, respeto y convivencia en el entorno que te rodea y construyes diariamente. Gracias por compartirlo!
Los malos momentos pueden enseñarnos mucho, si estamos dispuestos a aprender. Gracias por tus comentarios.
Como bien dices, la muerte también forma parte de la vida. Es absurdo esconderla, como tendemos a hacer actualmente, en tanatorios lujosos donde la muerte asoma tímida entre aperitivos, mármoles y reuniones sociales. La naturaleza nos devuelve a la realidad del mundo, dura, muchas veces cruel, pero pródiga, fecunda e increíblemente hermosa. Gracias por compartir este tema con nosotros.
A ti también por tus reflexiones, Ana. Pásate cuando quieras la revista.