Me despertó la voz de un joven proveniente de la calle. Yo ya estaba acostumbrado a esas cosas, pues como médico del pueblo me solían llamar para todas las urgencias.

Cuando bajé y vi la cara pálida del chaval me temí lo peor. Me contó que nada más levantarse e ir a ver a su madre, se la había encontrado en la cama con mucha sangre alrededor. La casa del joven no estaba lejos, así que fui directamente. Subí a la habitación de la madre y me la encontré recostada sobre el dosel de la cama, con un cuchillo en la mano derecha y con el antebrazo rajado y cubierto de sangre.
Me iba a ir a casa para coger algo de material y para avisar a mi mujer de que iba estar fuera toda la mañana, cuando me di cuenta de que en el cuello de la mujer había dos moratones, pero no le di importancia. Llegué a mi casa y vi que mi mujer ya se había levantado. Escuché el agua de la ducha, así que me dirigí hacia el baño y cuando entré, vi a mi mujer en el suelo. Parecía que se había caído y que se había golpeado la cabeza contra el borde de la bañera, pero al fijarme en su cuello, pude distinguir dos manchas parecidas a las de la madre del joven.
Asustado, y con todo mi ser temblando, salí del baño para salir de mi casa. Mi matrimonio había sido pactado por mis padres y nunca había sentido nada hacia mi mujer, pero las marcas del cuello en los dos cuerpos no podían ser casualidad. Me disponía a salir de mi casa para ir al cuartel cuando una mano me agarró firmemente del cuello. De la sombra salió el hombre dueño de la mano que me ahogaba. A punto de quedarme inconsciente, sentí cómo un cuchillo me abría el estómago. Cerré los ojos para no volver a abrirlos nunca.
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Unai Serrano González
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