Se podría decir que el Mediterráneo llega hasta Madrid. Nuestra villa tiene clima continental y así lo estudiamos de pequeños. Pero es un clima continental influenciado por el ecosistema del mar Mediterráneo. Buena prueba de esta influencia es la presencia de olivar en buena parte de la región, sobre todo en la zona sur, más próxima a Castilla la Nueva. El olivo en Castilla la Vieja, en Castilla y León, más al norte de las montañas del Sistema Central, ya no se da como en la submeseta sur ibérica, salvo contados rincones como por ejemplo algunos valles orientados al sur en Gredos.

En la Comarca de las Vegas, en el sureste madrileño, viene el tiempo de cosechar olivas. Nosotros hemos estado quitando chupones a los olivos, para que engorde el fruto con las lluvias otoñales y se puedan desplegar los tendales de la recolección con comodidad.
El olivo es un árbol duro, resistente y muy rústico. Si se abandona el cultivo tiende a asilvestrarse, echando chupones o ramas vigorosas que nacen desde la base. En un año o dos tendrás una bola arbustiva alrededor del tronco. Esta operación de eliminar chupones se hace cada primavera y a comienzos de otoño.
El olivar, al modo tradicional, lleva consigo trabajos estacionales que demandan mucha mano de obra. Por eso era tradicional en estos lares una labor colectiva donde se implicaba toda la familia o amigos de varias casas, para obtener aceite ‘para el gasto’, es decir, para el autoconsumo de todo el año.
Y así Madrid se une también a nivel histórico y cultural a la herencia mediterránea que fenicios, griegos, cartagineses y romanos extendieron por todo el Mare Nostrum: el cultivo del olivar.
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Javier Prieto Sancho