Una fuente en el parque

Mijaíl

Hoy se asoma a la revista por primera vez a las letras Miguel Ángel Prieto, que nos cuenta un cuento basado en una de esas historias que suceden cada día y cada noche en una ciudad como Madrid.

Mijaíl vivía bien en España. Para una persona del Este acostumbrada a fríos eternos, lluvias interminables y muy poco sol, definitivamente, España era un paraíso.

Mijaíl tenía su banco donde dormir, un parque tranquilo en el que pasear o, simplemente, sentarse a charlar con alguno de sus colegas o paisanos que venían y le invitaban a una cerveza. Además, en el parque tenía una fuente, en la que cuando empezaba a anochecer se lavaba, incluso con jabón.

Sus escasas pertenencias no eran más que alguna manta recogida de quién sabe dónde, un colchón o algo parecido y una bolsa para guardar la comida que alguien de buen corazón le proporcionaba. No necesitaba esconderlas demasiado, era tan pobre que nadie se preocupa por ello ni por él. Era prácticamente invisible a la mayoría de la gente que por allí pasaba.

La fuente que tan buenos ratos le proporcionaba fue el principio de sus problemas.

El ayuntamiento se enteró de que usaba la fuente para algo para lo que no fue diseñada, alguien se escandalizó por ver a un hombre con el torso desnudo lavándose en ella. Al poco tiempo la clausuró, cerró el grifo, ya no se podía utilizar.

Mijaíl estaba acostumbrado a resolver sus problemas sin alharacas, simplemente buscó otro lugar para lavarse. Próxima al parque, existía una zona más salvaje, con un pequeño arroyo que nunca se llegaba a secar. El problema era el acceso, más complicado, incluso difícil podía decirse, el hermoso chorro surgía entre unas enormes piedras puntiagudas y resbaladizas. “Habrá que tener cuidado” -se dijo-. Y allí procedió a realizar sus abluciones nocturnas.

Cierto día un grupo de caminantes recibieron la noticia de que cerca de su ruta habitual habían encontrado un chico muerto. Curiosidad y consternación se mezclaban en las conversaciones. La noche se llenó de reflejos azules y amarillos procedentes de los coches de policía y ambulancias. En el grupo nadie sabía nada, se dijeron que en pocos días habría noticias.

Días después, el ayuntamiento volvió a dar servicio a la fuente. Las pertenencias de Mijaíl estaban en el banco, velando su ausencia.

El chico muerto era él. Una noche con más cerveza de lo habitual le había hecho tropezar y se desnucó en las piedras del arroyo.

 Cuando los caminantes se enteraron, alguien dijo:

– ¡Era un indigente!

Y ya está, pasaron a comentar el tiempo que hacía.

A nadie le importó que una persona hubiera muerto a menos de cien metros de sus narices.

La ciudad es así de cruel, Mijaíl en la fosa común y los demás siguen viviendo su rutina.

Sirvan estas humildes y torpes letras como homenaje a todos los Mijaíl que viven y mueren sin que nadie se acuerde ellos.

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Miguel Ángel Prieto

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Mijaíl / Miguel Ángel Prieto

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5 Replies to “Mijaíl”

  1. Buen debut Miguel Ángel.
    Buena reflexión,nos preocupamos muchas veces de personajes famosos que muchas veces poco aportan y mientras otras personas son invisibles e insignificantes.

  2. Triste, realista y buen relato, Miguel Ángel.

    Me gusta leer las páginas del Perro Paco porque me gusta la mirada social de este can libre, bohemio y callejero. Hoy lo vuelve a demostrar con su particular “cuento de Navidad.

  3. Yo tuve el gran placer de tropezar “con un Mijaíl” en mi pequeño pueblo… Que no precisamente es de fuera, sino vecino propio de aqui. Aquel tropiezo me hizo (dentro de lo difícil que es como seres humanos y tener cerebro como tenemos) limpiar mis ojos de prejuicios que venían conmigo, sin haberme dado ni cuenta. Hoy “mi Mijaíl”, no está por las calles y sé que se le echa de menos…
    Nada me gustaría a más, que fuésemos capaces de ver,y no de mirar para no tropezar…. O si tropiezas, como hice yo, (o me regaló el destino), te pares a ver con quien lo hiciste y disfrutes de lo que tiene dentro…

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