Lavapiés, agosto de 1940 / Otto Wunderlich

Lavapiés 1940′

La nariz de un veterano militante

Lavapiés es mi primer barrio, es que nací ahí. Me inspira, me atrae y me genera recuerdos, no siempre buenos. En él he jugado, he sobrevivido junto a mi familia y he alternado. Intentaré  expresarlo aunque sea desordenadamente.

Este pasado verano, hablando de fiestas de barrio, indiqué al amigo Perro Paco que me sugería hablar de ello y de Lavapiés, pero mi pereza me ha impedido hacerlo hasta ahora. Ya sé que… las verbenas son para el verano, pero nunca es tarde. En mis tiempos de niñez y juventud no se llamaban fiestas sino verbenas, kermés (el baile)… y estaban claramente diferenciadas: San Lorenzo en Lavapiés; San Cayetano en la calle de Embajadores y Cascorro y La Paloma en la Fuentecilla y la calle Calatrava.

Algunas de las pocas veces que voy al centro de Madrid y vuelvo con tiempo, me adentro por la plaza de Tirso de Molina y la calle de la Magdalena y bajo por la calle del Olivar, pasando por la puerta de  Casa Patas (confieso que desconozco si aún existe), que justamente es la calle de mi nacimiento -en casa, claro, como era norma en aquellos tiempos-; cruzo por la plaza de Lavapiés, encaro la calle de Valencia y bajo por la de Miguel Servet hasta la glorieta de Embajadores, en donde tomo el autobús que me lleva a casa en Carabanchel. Hasta aquí ya he citado algunas calles que repetiré en adelante.

Cuando se da esta circunstancia y además tengo posibilidad de hacerlo, me paro en el café Barbieri, que sigue manteniendo su antiguo aspecto estructural y decorativo, que hace esquina a la calle del Ave María y un pequeño callejón llamado nada más y nada menos que de La Primavera; me tomo una cerveza y ahí, relajado, los recuerdos me invaden. De la plaza de Lavapiés recuerdo la droguería del Sr. Deodoro, pequeña, estrecha y con la portada pintada de rojo, con el mostrador en la parte izquierda y muchos cajoncitos pequeños hasta el techo, situada entre las calles del Olivar y del Ave María; el tal Sr. Deodoro era conocido de mi padre, que era pintor de brocha gorda y confeccionaba sus propias pinturas, porque le compraba los ingredientes correspondientes. Y recuerdo también ‘La Paloma’, tienda de Tejidos y  Confecciones, sita en la esquina de la plaza con la calle Sombrerete; también eran conocidos de la familia. Asimismo, me viene a la mente la escena de mujeres con bolsas en la mano, voceando y vendiendo pan de estraperlo, pendientes de la posible aparición de algún guardia, municipal o gris; creo que todas vivían en el portalón de la plaza, muy próximo a la calle Tribulete. Y recuerdo a alguna antigua cigarrera, que vivía en nuestra calle y era conocida de mis padres (eran los últimos tiempos de la gran fábrica de tabacos cuyo edificio, grande y parcialmente utilizado por pintores noveles, aún se mantiene en Embajadores). Y también recuerdo los ratos pasados junto a mi padre en Bodegas El Maño, de la calle Argumosa, donde paraba y había fotos suyas el conocidísimo torero de la época y del barrio Agustín Parra ‘Parrita’, amigo de mi progenitor. Y las meriendas de algunas tardes, con mis padres, en la gallinejera de la calle Tribulete.

Pedro, autor de este artículo, con su madre / Archivo Familia Crespo Rubio

Realmente, en este barrio sólo he vivido durante dos cortas etapas de mi vida: desde mi llegada al mundo hasta los cuatro años, cuando emigró la familia hacia Zarzalejo y Robledo de Chavela (donde había nacido mi padre y lo hizo mi hermana) en busca de una vida mejor, y desde los ocho, cuando regresamos en busca de otra vida algo menos mala, hasta los nueve, que volvimos a emigrar, esta vez a Carabanchel, donde aún vivo aunque ya no en la chabola como antaño.

Del principio del primer periodo no es recuerdo sino escuchado: las sirenas anunciaban, a finales de agosto del 36 del pasado siglo, los primeros bombardeos de los fascistas/nazis sobre Madrid a la población civil y mi madre corría a la estación del metro de Lavapiés, utilizado como refugio, conmigo en brazos, con cinco o seis días de vida. Y que a los tres años, una vez acabada la mal llamada guerra civil, me bautizaron en la parroquia de San Lorenzo, más conocida como la de las chinches y me compraron galletas en la tienda de ultramarinos que ha habido durante muchos años en la misma plaza de Lavapiés, esquina con la calle de la Fe.

Y recuerdo mis veloces carreras de triciclo, bajando por la isla de acera que era el centro de la plaza de Lavapiés, con las piernas levantadas hasta chocar con la barandilla del servicio público que existía en la zona de abajo junto a la entrada al metro, que por entonces estaba ahí, en el centro de esa zona baja de la plaza. También recuerdo las noches de verano, durmiendo en una manta en el suelo, junto a mis hermanos, bajo el cuidado de mi madre, cerca del puesto de horchata y limonada que mi tía Áurea, hermana de mi padre, tuvo durante muchos años en la plaza; estas ‘veladas’ eran para evitar en lo posible lo irresistible de la precariedad en que entonces vivíamos.

Pedro, de pequeño (1940')
Pedro, de niño / Archivo de la familia Crespo Rubio

Más recuerdos: mi etapa colegial en el Gregorio Marañón, de la calle Zurita esquina a la de Salitre (hoy, edificio rehabilitado y ocupado por la UNED); por cierto, había algo que me llamaba la atención: justo enfrente del colegio había un almacén como de aceitunas y supongo que algunas cosas más, y todos los días salía a repartir un hombre muy fuerte físicamente, con una especie de bicicarro, y hacía su trabajo a base de dar pedales y llevando, aparentemente, mucho peso; supe que en sus ratos libres hacía halterofilia.

Cuando salíamos del colegio jugábamos un partido de fútbol en la calle Argumosa, cerca del Hospital General (hoy Museo Reina Sofía), no con un balón, ni siquiera una pelota de goma, sino con una que confeccionábamos nosotros con papeles de todo tipo muy apretados y redondeados, sujeta después con gomas elásticas; poníamos de porterías los guardapolvos blancos del cole y las carteras; no había coches apenas, sólo había que estar pendientes de que viniera alguno o un guardia; cuando esto ocurría, alguien gritaba “¡coche!” o “¡guri!”(guardia para la gente normal).

Cómo no voy  a recordar la cantidad de pipas que me tengo comidas en los cines Olympia (hoy teatro Valle Inclán), Encomienda y Pavón. Tengo otro recuerdo muy curioso: por aquellos años cuarenta, de hambre y miseria, dictadura y gran poder de la Iglesia, era costumbre que la chiquillería de los barrios instalaran una mesita con una virgen en la calle y pidieran una limosna para la cruz de mayo, con un pequeño plato en la mano; pues bien, hubo un día en que se me ocurrió, ni más ni menos, que dedicarme yo a eso, individualmente, sin grupo ni mesita, y los fondos recaudados me los gasté en almendras, cacahuetes o algo similar (no recuerdo exactamente) en otra tienda llamada las cuatro puertas que había en la misma plaza de Lavapiés y hacía esquina con las calles del Olivar y la propia calle de Lavapiés;  me lo comí todo -lo que hace el hambre- y, claro, me dio un cólico o algo parecido.

Recuerdo igualmente mis duchas, como el resto de la familia, en la casa de baños de la glorieta de Embajadores, y las visitas familiares a casa de mi tía abuela Jacoba por parte paterna a su casa, una corrala de la calle de Miguel Servet, que aún existe, pintada de color marrón. Otra hermana de mi padre, mi tía Gertrudis, vivía en otra corrala de la calle de Mesón de Paredes. Y de la glorieta de Embajadores, recuerdo cuando su suelo era de tierra, se llamaba Portillo de Embajadores e instalaban unas barcas donde nos mecíamos y competíamos a ver quien subía más alto. 

Otra cosa que no olvidaré es la fachada de la finca con portal de hierro negro de la calle de Valencia, donde había un tinglado muy grande con las flechas de Falange. Justamente aquí, en tiempos de la II República, estaba la Casa del Pueblo, y a ella acudieron mi padre y mi tío Pepe, muy querido por mí, del que aprendí mucho, lector diario del periódico El Pueblo cuando yo era niño, a pedir un fusil para defender al legítimo Gobierno de la República, contra la que se levantaron los fascistas y sus aliados, el capital y la Iglesia.

Junto a sus hermanos pequeños / Archivo Familia Crespo Rubio

Otro triste recuerdo son mis visitas, acompañando a mi madre, al Monte de Piedad de Madrid de la Ronda de Valencia (hoy, la Casa Encendida), a empeñar sus mantones de manila, alguna pequeña joya y otras prendas.

Y el Mercado de San Fernando, en las calles Tribulete y Embajadores, donde me inicié como trabajador por cuenta ajena en cuanto cumplí los 14, vendiendo tomates y naranjas en un puesto de mi tío Félix, hermano de mi padre.

Asimismo, es de recordar las ruinas, aún de la reciente guerra, de las Escuelas Pías, ocupando una gran parcela entre las calles Tribulete, Mesón de Paredes y La Corrala, donde se encuentra una pequeña estatua de Agustín Lara, autor del chotis “Madrid”, en las que, según he sabido después, había dos clases de alumnado: privado, de pago, y  público, de beneficencia. Se mantuvo así durante muchos años, y finalmente fue restaurado pero conservando cierto aspecto del deterioro, ocupado hoy por la UNED.

Hablando de esta zona, he de decir algo sobre Molino Rojo, sala de fiestas muy de mis tiempos de juventud, con orquestas que tocaban en directo, a la que he acudido, principalmente por la tarde, con amigos, con cierta frecuencia. Estaba justamente debajo de lo que actualmente es el vestíbulo de la UNED-Escuelas Pías. 

También esta zona me hace recordar la muerte del torero Manolete un 27 de agosto de 1947; me enteré contemplando las maniobras de uno de los varios trileros que había en la esquina de las calles de Sombrerete y Mesón de Paredes, junto a varias/os vendedores ambulantes de cesta en el suelo. Yo tenía entonces once años y venía diariamente desde Carabanchel a recoger la ración de pan que, por cartilla de racionamiento, nos correspondía a la familia, a una tahona de la calle del Ave María; ocurría que, de vez en cuando, me ‘perdía’ un poco y observaba el mundo de la calle.

Eran tiempos de ‘pan y toros’, y no de reuniones, ni de hablar de política, ni de votar.

Mi desahogo personal, ya de adulto, era, además de trabajar y estudiar, el deporte y, a veces, el baile. Bueno, y a menudo correr delante de los grises tras alguna concentración o ‘mani’, siempre prohibidas.

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Madrid, Diciembre 2023
Pedro Crespo Rubio

Fotografía de cabecera:
Agosto de 1940. Verbena de Lavapiés
Otto Wunderlich
Archivo Wunderlich
IPCE, Ministerio de Cultura y Deporte

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