El Perro Paco, enviado especial a las piscinas de Madrid, ha tenido la ocasión de conocer el estado de la piscina de Peñuelas, situada en el distrito de Arganzuela, semanas después de su esperada y tardía reapertura el pasado 19 de julio, tras más de un año de obras de reforma y más de seis millones de euros invertidos a tal efecto.
Nuestro perro piscinero pudo comprobar in situ, en traje de baño, el lamentable estado de las praderas que rodean las piscinas, en las que se alternaban los tramos completamente secos con los enfangados o encharcados. Sin lugar a dudas, fue una buena noticia descubrir que en el caso de Peñuelas, y al revés que en otras piscinas públicas de la capital, sí que se había optado por rodearlas con césped natural. Sin embargo, el estado de mantenimiento del verde es muy malo, en estas últimas semanas de agosto de 2025. ¿Cuál puede ser la causa? El Perro Paco tratará de averiguarlo y agradece cualquier pista al respecto.
También pudo comprobar el Perro Paco la escasez de sombras disponibles, por la falta de árboles para garantizar que la piscina municipal de Arganzuela sean uno de esos refugios climáticos que tanta falta nos hacen y nos van a hacer a las gentes de Madrid desde ya y hasta el resto de nuestros días. Hacen falta árboles para refrescar el ambiente, proteger cuerpos y dar sombra, pues los rigores de Lorenzo no se alivian únicamente con el agua clorada.
Otra carencia importante, y que no se entiende a día de hoy, es que la planificación de la reforma de una piscina no aporte soluciones originales a problemas reales. ¿Cómo puede ser que a nadie se le ocurra plantear alguna posibilidad de sombra en la piscina de los más pequeños, los menores de 5 años, que apenas chapotean sobre el agua? Al Perro Paco no le cabe duda de que serán muchos los arquitectos con ideas imaginativas para dar algo de sombra sobre este vaso de reducidas dimensiones y bañistas tan sensibles. Pues no, en la reforma de 2025, la piscina de niños de Peñuelas es un insufrible charco a merced del sol más implacable. Así estaba aquel sábado a mediodía: vacía. Porque los padres, al menos en general, no desean llevarse a casa a sus hijos e hijas churruscaítos.
No abundará el Perro Paco mucho más allá, aunque podría, por aquello de no perder el foco de lo que considera esencial, pero sí que nuestro libérrimo can quedó abrumado con la catarata de normas y la insistencia, a buen seguro impuesta por sus superiores, con la que el personal de la piscina se aseguraba de que todo visitante conociera e interiorizara. Almas autoritarias al mando que no saben aquello de que las normas tienen que ser las justas para que todo fluya.
¿Todo mal, entonces, Perro Paco? Pareciera que nunca estás contento. Hombre, no es eso, pero las cosas como son. Claro que es buena noticia que se reabra la piscina, que todo el verano pasado estuvo cerrada, aunque lo haya hecho bien entrado ya el verano. Es tan bien una buena noticia que hayan respetado el césped natural y no hayan colocado esos deprimentes y abrasadores tapetes artificiales y, oye tú, sabes lo que te digo, que me gustaron especialmente las largas rampas de acceso a las dos piscinas principales, que entiendo que facilitarán el baño a las personas con mayores dificultades de movilidad.
¿Algo más que decir, Perro Paco? Pues qué quieren que les diga, que yo no entiendo por qué han cerrado el bar. Que un helado, un café, un refresco o una cerveza con patatas fritas al pie de la piscina son de esos pequeños lujos de la gente de a pie que hacen subir de nivel cualquier plan. Y oiga, que también son unos curros de verano que, convenientemente pagados, a más de uno seguro le vienen bien.
Y con esto se despidió el Perro Paco, dio un ladrido, tomó carrerilla y, asumiendo la segura bronca, se zambulló en el agua.
¡Guau guau!