Reencuentro

Un libro en el metro

Voy en el metro llegando a la parada cercana a mi casa. A mi lado, apoyada contra una de las puertas del vagón, hay una chica de más o menos mi edad, leyendo un libro. No soy de curiosear por encima del hombro de los demás pero desde mi posición puedo ver la portada y al reconocerla, me doy cuenta, de que se trata de un libro que he leído no hace mucho. Mi sorpresa es mayor cuando también veo que lo ha sacado de la biblioteca y que se ve la identificación en una pegatina que hay en el lomo, por lo que sonrío, al comprobar, que es de la biblioteca del barrio, la que está cerca de mi casa, en la misma calle donde vivo en esta ciudad.

Entonces recuerdo que de ese libro solamente había un ejemplar en la biblioteca. Lo recuerdo con claridad porque me costó bastante tiempo sacarlo prestado ya que lo tenían otros lectores. Así que la conclusión a la que llego es que, esta chica desconocida, está leyendo el mismo libro que yo leí hace unos meses. El mismo ejemplar y no otro.

Mi imaginación no necesita más excusas para dejarme llevar por la casualidad de este encuentro literario. ¿Cuanto tiempo tuve ese libro en mi poder?, ¿ella es la siguiente lectora después de que yo lo fuese?, ¿lo llevé conmigo en el metro igual que viaja con esta chica?, ¿dejé alguna marca entre sus páginas?, ¿una mancha de mis dedos?, ¿una doblez en el pico de una de ellas?, ¿una leve gota de mi sudor, lágrimas o saliva?, ¿una risa que todavía resuena?, ¿un improvisado marcador olvidado que indicaba mi punto de lectura?, ¿una sensación invisible en algún pasaje particular que me emocionó?

No puedo dejar de pensar en esos libros que he regalado, en esas cosas (libros, discos o cualquier otro objeto) que compré para otros porque a mí me gustaban y deseaba que también le gustaran a la persona obsequiada. ¿Seguirá estando entre sus cosas o se habrán deshecho de ese regalo incomprendido?

Tampoco puedo obviar el valor de lo público. Esta época de crisis de valores en la que Madrid ha sido tomada a golpe de voto masivo de ciertas políticas, tiene pintas de ser un ahogo para todo lo público. Así que no sé si las bibliotecas seguirán comprando libros que podamos compartir con otros lectores desconocidos. Ni libros que compartir, ni colegios públicos, ni hospitales, ni transportes, se salvan de mi errático pensamiento que pasa de unos a otros mientras el tren para en el lugar donde yo me apeo y donde también se baja la chica con el libro, ahora cerrado, entre sus manos.

Ese libro me gustó, me hizo soñar, volar con la historia que esconde su lectura, me interesó, lo recomendé y hasta escribí sobre él. Ahora, cuando ya ha escapado de mí, cuando no ha quedado rastro físico de su presencia entre mis cosas pero sí que ocupa una parte de mis recuerdos como lector; ahora, ha vuelto a aparecer ante mis ojos en manos de esta chica que, mientras yo sigo imaginando, se va andando hacia su casa.

La veo alejarse en dirección contraria a la mía. Me quedo pensando que el libro estará unos días más con ella porque me fijé que todavía le quedaban bastantes páginas para llegar al final de su lectura. Parece que los dos se llevan muy bien. Me dan un poco de envidia.

Alonso Expósito

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