Yo guardo mi corazón en una jaula para que no se vaya cuando llegue el viento de levante. Pero a veces abre la puerta, se me escapa y tarda varios meses en volver.
Luego viene magullado, dolorido, roto en pedazos y se encierra entre los barrotes a lamer sus heridas y a que los colibríes le bajen la fiebre con sus alas.
Pero pasan los días y otra vez empieza a echar de menos la locura, el ardor y la ceguera. No hay llave ni candado que retenga el impulso de lanzarse de nuevo a la aventura.
Y se vuelve a marchar, rebelde y excitado y yo me quedo sola con mi jaula vacía y con la puerta abierta por si se le ocurre regresar de madrugada.
Purificación Sánchez