Hace unos días, el 13 de mayo, nos ha dejado Hilda Farfante Gayo, maestra durante toda su vida laboral y activista por la recuperación de la memoria histórica.
Yo la conocí personalmente de una forma completamente casual. Era directora de un colegio público en la calle María del Carmen, núm. 65, detrás del Paseo de Extremadura. Se llamaba San José de Calasanz. Actualmente ya no es un colegio, sino un centro cultural llamado Rosario de Acuña.
Quiso la casualidad que yo, con 17 años, llegara a ese colegio a cumplir con mi obligación legal de entonces, hacer el Servicio Social, imperativo que estuvo en vigor hasta el año 1978. Ese requisito era imprescindible para muchas cosas, ejemplo, sacarte el pasaporte o el carnet de conducir. El día que me presenté fui recibida por Hilda Farfante, que me asignó el trabajo que iba a realizar durante los tres meses requeridos y se puso a mi disposición por si tenía algún problema.
Pasaron algunos años y volví a hacer prácticas a ese mismo colegio. Yo estudiaba Trabajo Social y tenía que hacer trabajo de grupos. Hilda Farfante volvió a recibirme y me asignaron el curso de octavo de EGB. Tanto en una circunstancia como en la otra, me quedó muy buen recuerdo del trabajo, del grupo y por supuesto de la directora Hilda Farfante.
Algunos años después, estaba yo escuchando la radio, más en concreto La Ventana con Gemma Nierga, y hablaban de los maestros de la República. Acababa de salir un libro de Maria Antonia Iglesias llamado exactamente así, «Los maestros de la República» (La esfera de los libros, 2006), con el subtítulo: «Los otros santos, los otros mártires», que hace un recorrido por toda España a través de los asesinatos de los maestros y maestras, simplemente por ese delito, enseñar en libertad y ser fieles a la República. Sobre todo en la España rural, fueron perseguidos con verdadera saña. Una de las personas que intervenían en el programa era precisamente Hilda Farfante Gayo, hija de maestros fusilados en un pueblo de Asturias a los pocos días del golpe de estado. Cuando escuché su nombre, me interesó mucho, ya que yo no conocía nada de su vida , pero su nombre no se me había olvidado.
A partir de ese momento, investigué sobre las circunstancias personales y familiares de Hilda Farfante Gayo. Los hechos ocurrieron en Cangas de Narcea, en septiembre de 1936. Su madre, Balbina Gayo, era maestra y directora del colegio público del pueblo. Fueron a casa unos falangistas y se la llevaron. El padre, Ceferino Farfante, primo del dramaturgo Alejandro Casona, no estaba en casa en ese momento y cuando llegó, salió de inmediato a buscar a su mujer. Le aconsejaron que no fuera, pero no hizo caso. Y así fue como Balbina y Ceferino, maestros de Cangas de Narcea, fueron fusilados con menos de 24 horas de diferencia. Tenían tres niñas, de 7, 5 -Hilda- y 3 años.
Esa misma noche intentaron huir al monte con un viejo asustado, su abuelo, que trataba de ponerlas a salvo. Y allí empezó el calvario de una vida, de tres niñas inocentes, hijas de unos padres inocentes, sufriendo las consecuencias de ser hijas de ‘rojos’. Toda la vida callando, sin poder abrir su corazón. Porque seguía siendo peligroso. Su tía, hermana de su madre, con la que vivió durante muchos años, también maestra, la enseñó muy bien a permanecer callada. El lugar donde vivían, Besullo, sin tan siquiera luz eléctrica, era conocido como el pueblo de los maestros, porque allí residían 20 en 1930, aunque el pueblo solo tenía 17 casas. Después de la guerra solo quedaron 3 ejerciendo.
Una vez recuperada la democracia, Hilda movió cielo y tierra tratando de encontrar los restos de sus padres y poderles dar una sepultura digna.
Una vez, como contaba El País, la invitaron a decir unas palabras en Cangas de Narcea, en el sitio en el que se supone están los restos de su madre y otros vecinos. Fue incapaz. Solo pudo emitir un grito profundo desde su corazón y sus entrañas… Desde entonces no dejó de gritar, sus palabras se convirtieron en un himno de los desaparecidos del franquismo.
«Grito por su injusta, terrible y cobarde muerte. Grito por su miedo, por su dolor, por su juventud truncada, por la vida que no vivieron. Y grito por nosotros, que nos quedamos aquí sin ellos, pobres, huérfanos y a merced de sus asesinos, que se pasaron cuarenta años insultándonos, pisoteándonos y diciendo mentiras sobre vuestra vida y vuestra muerte. Grito y vuelvo a gritar por todo lo que tuvimos que aguantar, que callar. Y grito por las viudas y las madres y tantos familiares que murieron con la boca bien apretada para que no se les escapara este mismo grito».
En 2020 el Gobierno habilitó una dirección de correo para recibir ideas sobre la nueva ley de Memoria Histórica, aprobada finalmente en 2022. Hilda escribió: «Urgente. Mi voz se está apagando. Se trata de mis padres. Pronto partiré y no quiero que se queden en la cuneta».
Lamentablemente su tiempo en el mundo terminó sin conseguir encontrarlos. Aunque además de su búsqueda incansable, les rindió el mejor homenaje que estaba a su alcance: ser maestra.
Irene Paz