No hay estación del año que llegue en forma de explosión tan arrolladora como la primavera. Es como que va por delante, pero no sólo que va por delante, sino que va sobradamente por delante, quizás por eso las almas oscuras preferimos el otoño, sabedoras de no estar en consonancia con tanta luminosidad. Pero si te vas a la esencia, si te distancias de tus imperfecciones, admitámoslo, la primavera es imbatible: es el renacer de la vida.
En los últimos días de marzo le llegó el turno de florecer a las pequeñas margaritas, irrumpiendo salvajes en todas las praderas de la ciudad. Desde nuestro observatorio en el sur de Madrid, entre jardines cuidados o abandonados, se han disparado hacia el espacio exterior decenas, centenares de florecillas dispuestas a hacer las delicias de insectos y de niñas como mi hija, feliz por componer su pequeño ramillete.

La margarita común europea (Bellis perennis) es una planta herbácea que pertenece a la familia de las Asteraceae, asteráceas o compuestas. El nombre de su género –Bellis– procede del latín bellus y quiere decir ‘bello’, lo cual es una obviedad. Según el herbario de Darío Meliá para la Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono (ARBA) Bajo Jarama, el epíteto ‘perennis‘ haría alusión a «su carácter de planta perenne» o a «la persistencia de su floración», que se extiende durante casi todo el año.
Pero la sorpresa que no esperabais es que parece ser que la margarita, en realidad, no es una flor, sino una inflorescencia, un palabrón que aludiría a la disposición que adopta, sobre una rama o al final del tallo, un conjunto de flores. Dicho de otro modo, la margarita no sería una flor sino un conjunto de flores. Por una parte, tiene flores externas, radiales o lígulas, de color blanco, las que creíamos pétalos, teñidas a menudo de púrpura, que tantas veces deshojó nuestra cultura popular en busca de una respuesta acerca del amor. Por otra, las flores del disco, o flósculos, las de color amarillo, las que ocuparían el centro de la inflorescencia, asemejándose a un botón. Todo esto lo he podido entender gracias, especialmente, a este artículo publicado por la Asociación Española para el Avance de la Ciencia.
Las margaritas, tan aparentemente sencillas, pero tan sofisticadas como acabamos de ver, se abren cada mañana, con la luz del sol, y se cierran por la noche y en los días nublados. Es más que probable que sea este el motivo, de acuerdo de nuevo con Meliá, por el que en inglés las margaritas son llamadas Daisy, voz que procedería de Day’s Eye, el ojo que se abre cada día, cuando por fin sale el sol.
Y hasta aquí el nuevo episodio del Madrid Natural del Perro Paco.