Con buen criterio, o quizás sólo por falta de medios, los jardineros habían dejado crecer los setos durante el verano. Pero cuando llegó el otoño y los calores bajaron, pareció -lo era, lo fue- una buena idea domarlos un poco. Arreglarlos. Es decir: podarlos. No esperábamos que en ese pequeño jardín de apenas diez o quince metros cuadrados, alguien, al abrigo de las ramas disparadas hacia el cielo, hubiera instalado su casa, su chabola. Junto a la carretera, junto a las obras, junto a la acera por la que paso casi cada día. Un suelo de tierra y recuerdos de hierba apto para plantar la tienda. Una muralla vegetal para pasar desapercibido para la mayoría. Hasta que llegó la poda y dejó ver la lona. Y la sombrilla desubicada. Y la silla. Y los carros con todos los pedazos del naufragio.
Detrás de la poda