Antes que las golondrinas y las violeteras, los verdaderos precursores de la primavera madrileña son los prunos. Cada año, con unas semanas de antelación sobre el calendario de las estaciones, su apabullante floración anuncia al paseante que el tiempo del renacimiento generalizado está llegando, que el ciclo de la vida vuelve a activarse.
De improviso, dejando atrás la desnudez del invierno, y durante apenas unos cuantos días, se produce su explosión de flores blancas y rosadas, llevando la belleza hasta todos los rincones de la ciudad, incluidos los más olvidados, los más abandonados por los administradores de la moderna Magerit. Poco después, está pasando ya en algunos de ellos, en el suelo, alrededor de su tronco, se formará un gran charco de pétalos caídos, recuerdo de su efímero pero puntual esplendor. Y al tiempo, sus ramas sustituirán sus flores por hojas -verdes, granates, púrpuras- y todo seguirá su curso natural.

De la familia de las Rosáceas, actualmente se estima en alrededor de un centenar las especies del género Prunus, árboles y arbustos, entre los que se incluyen los almendros, los cerezos, los ciruelos y los melocotoneros. El género Prunus fue descrito por el botánico y naturalista sueco Carl Nilsson Linnaeus, conocido en estas latitudes como Carlos Linneo, quien lo incluyó en su Species Plantarum en 1753, obra fundamental en la historia de la botánica, que incluía las cerca de 6.000 especies conocidas en ese momento y establecía la forma científica de llamar a las plantas, a través de un sistema de nomenclatura binominal, por medio de dos palabras (dos términos en latín), como un nombre con su apellido, un sistema que continúa vigente a día de hoy.
Y hasta aquí, el capítulo de hoy del Madrid Natural del Perro Paco.
Santiago G-Zorrilla
Publicada originalmente el 11 de marzo de 2025
Última actualización: 27 de febrero de 2026