El mes de marzo de 2025 fue el más lluvioso en la historia de Madrid desde que hay registros. La estación meteorológica de Retiro, la más antigua de la capital, en funcionamiento desde el año 1893, registró en este mes un total de 237,4 litros de agua por metro cuadrado, superando ampliamente el dato de 198,4 litros del mes de noviembre de 1997. Esto ha provocado que, a cierre de mes, los embalses de la Comunidad de Madrid se encuentren a un 87,17% de su capacidad.
En torno al sábado 22 de marzo, se producía lo insólito. Las continuas precipitaciones y, en particular, las lluvias provocadas por el paseo por el centro peninsular de la borrasca Martinho situaron en un riesgo real de desbordamiento a nuestro querido río Manzanares a su paso por la ciudad. ¿Cómo dices?¿El Manzanares en peligro de desbordamiento? No podía ser y, sin embargo, lo era. O eso nos decían por todos los canales, o eso nos enseñaban las imágenes en bucle, que vete tú ya a fiarte de nada. Digamos, y sirva casi para todo, que parecía ser cierto.
Y es que no hace tanto tiempo de cuando buscábamos en estas páginas los orígenes de aquel chiste antiguo que dice que nuestro Manzanares era el mejor río del mundo por ser el único navegable a caballo. Pero es que las chanzas a costa de nuestro río son inagotables. Probablemente la que más ha trascendido es aquel verso de «Manzanares, Manzanares, arroyo aprendiz de río», de Francisco de Quevedo. Como si pudiéramos, por otro lado, ser algo mejor que aprendices de cualquier arte, como debe ser eso de ser un río.
Pero hay otras, menos conocidas, como la de Alejandro Dumas, inmortal novelista francés autor de «Los tres mosqueteros» (1844) o «El conde de Montecristo» (1845). Cuenta la tradición popular que durante una estancia de Dumas en Madrid le pidió a un aguador medio vaso del líquido elemento y que, habiéndose bebido la mitad, se lo devolvió al hombre para que se lo echara al río, ya que, a su juicio, lo necesitaba más que él.

El caso es que me encontré la otra tarde dentro de una conversación amable y distendida, no nos estábamos batiendo en duelo ni nada, juzguen ya ustedes si la ocasión lo hubiera requerido, en la que alguien se preguntaba, atónita, cómo era posible que aquel fin de semana de marzo tantos madrileños se hubieran lanzado hasta el paseo de Madrid Río para, simplemente, ver el agua correr. Era evidente la presencia de la sorna eterna en su comentario, que ampliaba el radio de su alcance del río a los vecinos y vecinas de Madrid. Era algo así como un “¿Qué le pasa a la gente?”, que anticipaba un “La gente está fatal” para poder llegar a la conclusión “Mira que sois paletos”, pero sin llegar a tanto, sin llegar tan lejos, sin sacar el sable. No dejaba de ser un puro chiste clásico, popular e ilustrado, contradictoriamente castizo. Me sentí, obviamente, directamente interpelado y mi conciencia, conciencia de gato, me obligó, también por una cuestión de lealtades, a admitir que yo también había bajado aquel sábado nublado y un poco inhóspito a ver cómo de poderoso corría el Manzanares. Claro, hay que decir y es justo, que la atónita madrileña se había criado en Zaragoza, la ciudad del Ebro que, como aprendimos en algún remoto pasado en la escuela, era, y digo yo que seguirá siendo, el río más caudaloso de España. Su extrañeza tenía una sólida coartada.
Pero todo esto me obligó a preguntarme, días y hasta semanas después, como es prueba este escrito y porque para mal o para bien, muy rápido no soy: ¿por qué bajamos aquel fin de semana a ver a un crecido Manzanares? La primera respuesta es clara: por la excepcionalidad del acontecimiento. Sí, habíamos escuchado que había pasado antes en la historia, pero ya se sabe que cuando ha pasado mucho tiempo de algo se sumerge en ese terreno maravilloso del mito y de la leyenda, de manera que lo real se difumina y, sobre todo, pierde importancia. Era necesario verlo con nuestros propios ojos y a través de nuestros propios móviles, asistir, fotografiarlo, retransmitirlo a un mundo expectante ante nuestro crucial testimonio. Tantas veces, tantos paseos contemplando esos exageradísimos muros de contención que lo encauzan, que nos alejan de sus aguas, que, al mismo tiempo, suponen un seguro de vida para las aves que, desafiando a los elementos, lo habitan, como para no acudir a su encuentro para observar hasta dónde creció, cuál fue la fuerza de su caudal, la altura de la marca del agua, los motivos de todo este inesperado protagonismo.
Yendo un poco más allá, se aterrizó en mi pensamiento la razón profunda. La razón que unía lo que estaba pasando con esta borrasca de resonancias lusas con aquel embajador germánico, con Quevedo y con Dumas. Tantos siglos de burlas, de chistes bien reidos, encajados con estilo y resignación, bien merecían un momento de resarcimiento, de puro orgullo (y una gotita de revancha histórica). Una gloria efímera de poder responder, justo, ese día: Y ahora, ¿en qué caballo vas a navegar, Chanquete?¿Quieres que te sirva una jarrita de agua, majo? Mira tú que el aprendiz se convirtió en maestro.