“(…) ¡Paco! gritaban diez o doce concurrentes; y uno le ofreció un pastelillo, y otro un terrón de azúcar o un fragmento de mogicón o un bizcocho.”
La revista de espectáculos El Tío Jindama daba cuenta de las hazañas del Perro Paco en un artículo publicado el 27 de noviembre de 1881. Allí nos hablaba de la querencia de nuestro perro favorito por el Café Suizo de Madrid y narraba cómo era una noche cualquiera en la que Paco se dejaba caer por allí. Rescato precisamente este pequeño fragmento del artículo citado para detenerme un instante, apenas otro artículo, el que estás leyendo, en una palabra que ha capturado mi atención porque, para empezar, me era desconocida: ‘mogicón’.
Escrito con ‘g’, así apareció en El Tío Jindama, a pesar de que Word me lo está intentando corregir todo el tiempo. A pesar de que en el diccionario de la RAE aparece claramente con ‘j’. A pesar, incluso, de que mi más infalible correctora, mi señora madre, me enviara un audio para señalarme el error ortográfico cometido en el anterior texto dedicado al Suizo, donde citaba por primera vez el mencionado artículo. Pero, puesto a replicarlo para seguir construyendo la memoria viva del Perro Paco, estimé que la literalidad era un deber, ya se tratara de un error o de una cuestión de evolución lingüística de la voz ‘mojicón’ (ya con ‘j’).
Pero vayamos a lo más importante: ¿Qué es un mojicón?
Veamos lo que nos dice la RAE en primer lugar :
De mojar e -icón.
1- m. Especie de bizcocho, hecho regularmente de mazapán y azúcar, cortado en trozos y bañado.
2- m. Especie de bollo fino que se toma principalmente con chocolate.
3- m. coloq. Golpe que se da en la cara con la mano.
Conste en acta que la tercera acepción voy a intentar adoptarla. Como palabra, aclaro, que uno tiene un temperamento pacífico por lo general. Obsérvese como curiosidad que con este último uso aparece ‘mojicones’ (con ‘j’) ni más ni menos que en El Quijote de Don Miguel de Cervantes, escrito en 1605. Aprovechemos la ocasión:
«(…) que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote, sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobre caballero llovía tanta sangre como del suyo (…)».
Por si no hubiera quedado claro, los mojicones se los llevó Don Quijote.
Nos alejamos de ahí, porque el texto del tal tío Jindama es bastante claro. No se refiere a los golpazos, sino a algo de comida que el Perro Paco conseguía de la solícita parroquia del Suizo. Igual que un terrón de azúcar o un bizcocho, el can se llevaba de vez en cuando «un fragmento de mogicón». Las dos primeras acepciones de la RAE cuadran a la perfección, si bien se hace complicado distinguir cuál era exactamente el bollo del Café Suizo que en ocasiones se llevaba el Perro Paco.
Hubo un tiempo, pasado jurásico, en el que los trabajos de investigación del instituto tenían siempre un camino: la enciclopedia Larousse. Sacudo el polvo de uno de sus tomos para contrastar el significado de la palabra:
MOJICÓN: n. m. Especie de bizcocho de mazapán II Bizcocho delgado que suele comerse mojado en chocolate: En el comedor, algunos ilustres vecinos tomaban chocolate con mojicón de las monjas clarisas (M. Picón-Salas). II Fam. Golpe que se da en la cara con la mano.
Continúo mi recorrido con algo más contemporáneo, el blog «Pasen y degusten. La cocina de María José», que extiende el recorrido de la segunda acepción de la RAE y la Larousse, definiendo el mojicón como «bollo pequeño de pasta fina y suave que tiene forma de cono truncado y que se toma especialmente con chocolate a la taza«, para compartir a continuación una receta para aprender a hacer mojicones en casa, que está incluida, según señala la autora, en el libro «Magdalenas», de Susana Pérez y Jesús Cerezo, la autodenominada ‘familia Webos fritos’. Los ingredientes de los mojicones serían, a saber, los siguientes: mantequilla, huevos, azúcar, ralladura de limón, agua, harina, levadura y azúcar glas.

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Dejo la palabra escrita y busco la transmisión oral, por boca de nuevo de mi madre, con gran protagonismo en este artículo, que me cuenta que siendo ella niña, comía mojicones, que despachaban en la panadería del barrio en el que vivía junto a sus padres y hermanas y que no era otro que la Puerta del Ángel, aquí en Madrid. Camino del colegio, hacían parada en la tienda y compraban un bollo para el recreo con el que acompañar las onzas de chocolate que llevaban desde casa en la cartera. Ella casi siempre elegía uno que se llamaba mojicón, una especie de magdalena.
Pero no piensen que cierran todas estas averiguaciones los dilemas abiertos, porque no es para nada extraordinario que suceda que uno acuda al saber para intentar llenar un agujero y lo consiga, pero a costa de llevarse dos. Porque si ya me queda bastante claro que los mojicones refieren, de forma bastante extendida, unos esponjosos bollos muy similares a las magdalenas, cubiertos de azúcar glas e ideales para mojar en chocolate, no es menos cierto que queda la amarga duda de si eran estos los que se servían en el Suizo. No estuvimos allí, aunque nos hubiera encantado.
De hecho, la primera de las acepciones de la RAE, la que se refiere al mojicón como bizcocho de mazapán y azúcar, afina que se cortaba en trozos, lo que encajaría como un guante con aquel «fragmento de mogicón» que se llevaba, de vez en cuando, si la noche era propicia, el Perro Paco del Café Suizo. Hasta aquí llega, de momento, esta investigación. Si algún lector tuviera nuevas luces que arrojar, será un placer leer sus comentarios.
Y como diría el Perro Paco: ¡Guau guau!
Santiago G-Zorrilla