Entre los favoritos del Perro Paco, se encontraba, por supuesto, el Café Suizo.
En este blog queremos recuperar los pasos de nuestro perro callejero favorito, aquel que encandiló al pueblo madrileño de 1880, que frecuentaba los cafés de tertulia y los teatros, cuyas andanzas corrían de boca en boca y de diario en diario.
En aquella época, frente al Café de Fornos, aquel en el que se dio a conocer el Perro Paco de la mano del Marqués de Bogaraya, se alzaba, en el número 36 de la calle Alcalá, esquina con la calle Ancha de los Peligros (actual Sevilla), el Café Suizo de Madrid. La calle Alcalá, «la arteria más importante de la Villa y Corte» en palabras de Pedro de Répide, cronista de Madrid, era en el último tramo del siglo XIX el lugar más propicio para que sucedieran cosas y, definitivamente, el mejor lugar para que circularan las noticias.
El local había abierto sus puertas el 3 de junio de 1845. Sus propietarios eran los suizos Francisco Matossi y Pedro Fanconi, empresarios conocidos por sus ideas políticas de corte liberal. Juntos conformaron la sociedad ‘Matossi, Fanconi y Comp.’ y extendieron sus cafés por numerosas ciudades de la geografía ibérica, llegando a abrir un total de 53 en todo el país. El primero de ellos, por cierto, no fue el madrileño, sino el que se abrió en Bilbao.
Sus cafés tenían en la elegancia y distinción sus principales señas de identidad, pero había algunas otras características un poco menos inespecíficas. Por ejemplo, siempre contaban con un espacio reservado a pastelería, debido a que, se cuenta, Fanconi era un gran repostero. La especialidad de la casa, herencia que ha llegado hasta nuestros días, eran unos bollos de leche a los que se llamó, lo van a adivinar, suizos. El establecimiento de la calle Alcalá tenía aforo para 500 personas, seis ventanales que daban a la calle Alcalá y otros tres a la calle Ancha de los Peligros. La entrada se encontraba en la confluencia entre ambas calles. Cuando hacía buen tiempo, instalaba terraza al aire libre, una pasión de los madrileños que, como pueden ver, también viene de antiguo.
Recoge el periódico Heraldo de Madrid la inauguración del Suizo, al que este diario se refiere como “el café de más gusto y lujoso que se ha conocido en Madrid”. Da cuenta de sus paredes cubiertas “de rico papel de diferentes clases”; de sus “mesas de mármol de varios colores”; “de las pequeñas banquetas sin respaldo y forradas de terciopelo labrado en color encarnado” y de sus “elegantes quinqués” al servicio de la iluminación del local. Se detalla que contaba con “dos preciosas mesas de billar” ubicadas en las últimas piezas de la parte inferior del local y con una escalera de caracol que subía hasta un salón habilitado para “juegos no prohibidos”, tales como el ajedrez, las damas o el dominó.
Por supuesto, como era norma en la época, el Suizo contaba con un espacio para la celebración de tertulias. A ellas acudían escritores, toreros, políticos, médicos y economistas. Entre sus más célebres tertulianos se cita, en distintos momentos, a políticos como Antonio Cánovas del Castillo o Nicolás Salmerón; escritores como Pedro Antonio de Alarcón y José Echegaray; pintores como Antonio Gisbert y científicos como el propio Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina en el año 1906. En un velador, cerca de la pastelería, cuentan que solía sentarse el escritor Gustavo Adolfo Bécquer, que frecuentó el Suizo hasta la hora de su muerte.
En el Café Suizo de Madrid también se podía disfrutar de un gabinete de lectura, con periódicos y revistas a disposición de los clientes. Fue, además, pionero por la instalación, junto a la zona de repostería, de un salón para señoras, que se conoció como Salón Blanco y que fue un éxito rotundo, pese a sus detractores masculinos. Este salón estaba reservado a las mujeres. Se le conocía como Salón Blanco porque las paredes estaban decoradas con este color y eran igualmente blancas sus mesas de mármol. Cuando se abrió, en el año 1855, no estaba bien visto que una mujer acudiera a un café sin la compañía de su padre, hermano o marido. La apertura del Salón Blanco del Café Suizo permitió a las mujeres contar con un lugar propio en el que disfrutar de café y tertulia.
El Café Suizo de Madrid cerró definitivamente sus puertas el 16 de julio de 1919, casi 75 años después de su apertura. El edificio que lo albergaba fue demolido. En su lugar se erigió aquel otro que ocupó la sede del Banco de Bilbao. Pero esto ya es otra historia.
El Perro Paco: «Hay chuletas que no se borran jamás de la memoria»
Volviendo al comienzo, si hoy nos detenemos en el Café Suizo de Madrid es porque fue uno de los cafés de tertulia más frecuentados por el Perro Paco. El chucho se convirtió en parroquiano habitual del café. La revista de espectáculos El Tío Jindama llevó hasta su portada la historia del “perro don Paco” el 27 de noviembre de 1881. En este artículo, que rescató Salvador Pérez en su blog Taxidermidades, se describen con gracia las visitas del Perro Paco al Café Suizo. El texto publicado en El Tío Jindama reproduce a su vez un artículo previo que atribuye «a la pluma de nuestro querido amigo el conocido revistero Sentimientos». Dice así en la parte que nos ocupa:
«Tal vez alguno de ustedes tendrá el gusto de conocerle.
En apariencia es un perro; pero no puede asegurarse quo no sea otra cosa o haya sido.
Lo mismo puedo ser un ex-personaje que un ex-bohemio.
Le llaman Paco, ofendiendo a sus tocayos.
Paco apareció en el café Suizo en una noche lluviosa; enjugó su traje natural en las capas y faldas de gabanes que encontró a su altura; calentó sus extremidades en las estufas que no hay en el mencionado café o paseándose sobre el pavimento cubierto de serrín.
Admitió algunos terrones de azúcar y otros obsequios que con buen fin le ofrecían los concurrentes al establecimiento, y salió después del café.
A la misma hora se presentó durante algunas noches en el Suizo, y tomó el carácter de parroquiano de los que no toman sino lo que les dan.
Desde entonces no ha faltado un día ni una noche en el establecimiento a las horas en que se lo permiten sus ocupaciones.
En poco tiempo logró captarse las simpatías de los abonados constantes del café; es decir, que demostró más talento que varios individuos que no logran hacerse simpáticos en toda su vida.
Les pareció a los camareros que atendía al nombre de Paco, y después de intentar espantarle de la casa, se familiarizaron con él y le admitieron en su poderosa amistad.
Su entrada en el café era los primeros días un acontecimiento.
-¡Paco! gritaban diez o doce concurrentes; y uno le ofreció un pastelillo, y otro un terrón de azúcar o un fragmento de mogicón o un bizcocho.
-¿Conoce Vd. a ese perro? -preguntó un caballero a uno de los mozos del establecimiento.
-No, señor -respondió con gracia el interrogado; -no sé quién es.
Paco logró relacionarse con lo más distinguido de la sociedad madrileña; tiene amigos en todas partes, y protectores y padrinos, el más consecuente es el señor marqués de Bogaraya que le paga la cena todas las noches.
A primera hora de la tarde, Paco se presenta en los alrededores del Suizo, examina el personal y se dirige al Prado, al Parque de Madrid o a la Castellana; al hipódromo, si hay carreras de caballos anunciadas.
No se sabe si él se entera de los carteles o si le informa algún amigo (…)»
A partir de aquí, continúa el artículo, ya fuera de las paredes del Suizo, contando las andanzas por Madrid del Perro Paco. Cuenta que al salir del café se dirige a la plaza de toros, después, al Retiro, y finalmente al teatro de La Zarzuela. Ofrece, además, una descripción física de Paco que es interesante rescatar para fijar su retrato en nuestra imaginación, así como regresa al lugar por donde había comenzado, al Café Suizo de Madrid:
«Es negro azabache, de regular tamaño, y lana entrefina; de raza mezclada de Terranova, y no sé si asturiana.
Sus ojos brillantes tienen más expresión que los de un tenor de ópera italiana.
Es altivo y cortés al mismo tiempo; uno de los mozos del Suizo, que le trata y le comprende, asegura que cierta noche le había dicho, con los ojos bañados en llanto, después de devorar un bistec con salsa picante:
-Mire Vd., hay chuletas que no se borran jamás de la memoria.
Es como si hubiera dicho un hombre:
-Hay acciones que nunca se borran del corazón.»
Santiago G-Zorrilla
Imagen de cabecera: Interior del Café Suizo. «La Ilustración Española y Americana». Madrid, 5 de noviembre de 1871. Fuente: Wikipedia. Archivo de dominio público.
Fuentes utilizadas:
- Vega Pérez de Arlucea, Ana (2023) «Orígenes del Café Suizo, de los Alpes a Bilbao», El Correo: acceder.
- Giménez, M.R. (2020) «El Café Suizo», Antiguos Cafés de Madrid: acceder.
- Vázquez Astorga, M. (2019) «Estampa del Madrid antiguo: el café suizo (1845-1919)», Ars Bilduma: acceder.
- Pérez, Salvador (2015) «El perro Paco, leyenda de Madrid», Taxidermidades: acceder.
- Lajas Rodríguez, Antonio (2014) «Café Suizo», Flaneando por Madrid: acceder.
- Estornes, César (2011) «El Café Suizo de Madrid», Blog de César Estornes de Historia y Deportes: acceder.
- «Café Suizo», Wikipedia: acceder.