La otra tarde, siguiendo los pasos del Perro Paco, llegué hasta las orillas del arroyo de Meaques.
El arroyo de Meaques, o de los Meaques, es uno de los principales cursos de agua que atraviesan el parque histórico de la Casa de Campo, con alrededor de cinco kilómetros de su cauce dentro de los límites del gran espacio verde del oeste madrileño.
Por indicaciones del can gato, timonel de este barco, me apresuré en los días siguientes a tomar algunos apuntes sobre este arroyo con el fin de poderlos compartir con la singular comunidad del Perro Paco que forman ustedes sus lectores.
El arroyo Meaques entra en la Casa de Campo por el oeste, a través de la llamada Reja de la Guadaña, situada en la colonia de Santa Mónica, dentro del barrio de Campamento, distrito Latina de la capital. Como es natural, para llegar a su lugar de nacimiento hay que irse un poco más lejos, hasta el término municipal de Alcorcón, a un paraje llamado Ventorro del Cano, a 750 metros de altitud, en la frontera entre el municipio alfarero y Pozuelo de Alarcón, cuyos dominios también recorrerá el arroyo antes de llegar a la ciudad de Madrid.
El origen de su nombre se ha vinculado con la posada romana de Miaccum, cuyo perdido emplazamiento se ha investigado sin que se haya confirmado, hasta donde llegan nuestros modestos conocimientos, su ubicación definitiva. Sin embargo, en los últimos tiempos ha ganado peso la teoría de que la posada perdida de Miaccum se hallaba en la Sierra de Guadarrama, en el municipio de Collado Mediano para ser exactos. Volveremos tal vez sobre este asunto en próximos episodios.
Origen etimológico aparte, hemos podido averiguar que la primera referencia histórica del arroyo de Meaques se remonta al año 1208, cuando aparece en un documento, firmado por el rey Alfonso VIII, en el que se traza la línea divisoria entre Madrid y Segovia.
El arroyo Meaques, que también fue nombrado en otros momentos como arroyo de la Guadaña o de Vadillo, sufrió la alteración de su propio recorrido por parte del humano. Ocurrió cuando otro rey, en este caso Felipe II, compró esta finca a la poderosa familia de los Vargas en el año 1561. El motivo de esta intervención sobre su cauce fue evitar que el arroyo desaguara directamente en los lagos, por motivos que de momento se nos escapan. Las aguas del Meaques continúan, de algún modo, abasteciendo al icónico lago de la Casa de Campo.
Encuentre aquí un espacio la aclaración, por si hiciera falta, de que Felipe II comienza a adquirir las tierras de la actual Casa de Campo a partir del año 1561 para su uso y disfrute exclusivos por parte de la familia real. No sería hasta la llegada de la II República Española cuando la Casa de Campo pasó a pertenecer al pueblo de Madrid.
Un detalle más sobre sus aguas, en estos apuntes rápidos: curiosamente, el arroyo Meaques recibe una parte de su caudal de la línea 10 de metro, a partir del bombeo de aguas subterráneas que, en caso contrario, inundarían túneles y vías. Esto se debe a que los túneles del metro cortan algunos acuíferos superficiales -capas freáticas- y esas aguas son conducidas hasta el arroyo. Finalmente, este riachuelo acaba desembocando en el río Manzanares, cerca del Puente del Rey, algo que tenemos pendiente ir a comprobar.
Cerramos estos apuntes con un hallazgo: el que se produjo en el año 1872, cuando el naturalista y entomólogo madrileño Ignacio Bolívar Urrutia encontró en el cauce del arroyo, en la zona del lago, el fósil de una tortuga gigante.
El otro domingo, como les decía, paseaba con el Perro Paco por el Paseo de los Castaños, en dirección a un Pinar de las Siete Hermanas que nunca alcanzamos. La llamada del agua llevó a Paco a perderse en la maraña del magro bosque de ribera y alcanzar las orillas de un Meaques que viajaba a contracorriente de nuestro rumbo. Su cauce era estrecho, pero corría con la suficiente energía para dar pequeños saltos y entonar así su melodía de calma para el alma.
Santiago G-Zorrilla