Y por suerte hubo una nueva ocasión para mí. Los Celtas Cortos actuaron en Las Vistillas de Madrid dentro de la programación de las Fiestas de la Paloma 2026 y ofrecieron, gratis para el público, un concierto fantástico que, en lo personal, me permitió sellar una reconciliación.
Los Celtas Cortos llegaban al Foro después de una gira muy exitosa en la que, esta vez sí, están celebrando sus «40 años contando cuentos». Está claro que Livenation, la promotora, está haciendo un gran trabajo, con una gira potente, importante promoción (fue estelar su aparición en La Revuelta de La 1) e invitados de lujo inteligentemente elegidos para cada ciudad, para animar un poquito más al personal dubitativo a acudir y hacer lleno en algunas de las principales plazas de la geografía ibérica. Intérpretes como Rodrigo Cuevas, Dani Martín, Víctor Manuel, Rulo o Andrés Suárez, y algunos insignes componentes de grupos de referencia como La Raíz, Los Chicos del Maíz, Siniestro Total, Zoo, Ixo Rai, Ska-P o Mago de Oz han acompañado durante los meses pasados a los Celtas sobre el escenario. Incluso el televisivo Jordi Évole se marcó una colaboración con ellos en el concierto de Barcelona. Pero más claro está aún, a mi parecer, que la materia prima, la calidad de la banda, las muchas y buenas canciones de los pucelanos, su larga trayectoria y su sonido genuino, están ahí para aguantar el tirón y cubrir con creces expectativas.
Cerrada en su diseño original el pasado abril en el Pabellón Pisuerga de Valladolid, han ido incorporándose después nuevas fechas para aprovechar el impulso obtenido, abriéndose a localidades más pequeñas y a las fiestas patronales de pueblos y ciudades, como es el caso de esta nueva visita a la capital en sus fiestas de agosto. Y ahí siguen de tournêe por los pueblos de España, como los buenos titiriteros que han sido siempre. Nada raro para un grupo que durante muchos años lució con orgullo el lema de “tocamos hasta en su propio fregadero”.
El del 13 de agosto en Madrid fue un concierto para el disfrute. Cuando anunciaron la gira, yo todavía andaba un poco mosqueado por aquella última vez y no saqué entradas para el Palacio. Claro, se me fue pasando el enfado gruñón y acabé comprando para el fin de fiesta en Pucela, pero la mala suerte me dejó sin concierto y con la espina clavada en el corazón. Cuál no sería mi sorpresa cuando hace pocas semanas me encontré con que los Celtas Cortos iban a actuar ni más ni menos que en la verbena de La Paloma. Los astros que se alineaban de forma que me río yo del eclipse.
En Las Vistillas hicieron un recorrido muy generoso por sus cuatro décadas de música. Generoso con su público, brindando esa posibilidad anhelada de volver a escuchar y a cantar todas aquellas canciones que, hay que decirlo, han resistido muy bien el paso del tiempo. Incluso hasta el punto, y esto es una triste noticia, de que ojalá algunas de ellas hubieran quedado desfasadas. Pienso en “Haz turismo”, pienso en “El emigrante”, pienso en “Tranquilo, majete”, por ejemplo. Todas ellas, por desgracia, plenamente vigentes, con razón de ser y de ser gritadas en estos días inciertos que atravesamos como podemos.
Los Celtas Cortos han navegado siempre en aguas fronterizas, en las que, por cierto, yo también me he sentido siempre cómodo. Han transitado desde la música tradicional y el folk al puro rock y a todo tipo de influencias sonoras, como el ska, el reggae o los sonidos latinoamericanos; han puesto en circulación mensajes combativos de denuncia social que se colaban de tapadillo en los 40 principales, haciéndose un hueco en la banda sonora general de una larga generación que ha seguido incorporando a gente nueva.
Sonaron en el centro de la verbena madrileña sus clásicos alegatos por el despertar de las social adormecidas conciencias, como “Legión de mudos”, “Skaparate nacional” o la ya mencionada “Tranquilo, majete”. Sonaron también aquellas canciones que reflejan esa otra cara del grupo, en la que nos hablan sencillamente de la vida y de las arrugas del paso del tiempo. Las que supieron conectar con la mayoría y los incorporaron de cabeza a la lista de clásicos de la música popular del país. Por supuesto “20 de abril”, por supuesto “La senda del tiempo” y por supuesto también esa tardía joya de “Retales de una vida”. Porque los Celtas han sido uno de esos grupos con un registro musical muy amplio, con un sonido enérgico y potente a veces; otras alegre y vitalista, y, cómo no, también suave e intimista en no pocos temas. Las baladas de los Celtas son seguramente su no secreto mejor guardado y entre ellas no faltaron a la cita de La Paloma canciones como “Cálida trinchera” o “El blues del pescador” (versión de ”Fisherman’s blues» de The Waterboys).
Sobre las tablas una decena de músicos, otra seña de identidad del grupo, una banda bien nutrida y con abundante repertorio de instrumentos. De la formación clásica quedan Jesús H. Cifuentes, guitarra y voz; Alberto García, al violín, y Goyo Yeves, en los vientos. Pero junto a ellos, cómo no incluir en esta categoría al guitarrista José Sendino, presente en la banda desde finales de los 90. Y por supuesto, qué alegría volver a ver a Carlos Soto, celtas fundador, flautas, charango y otros artefactos, de vuelta al grupo al menos por esta gira.
El concierto, en los bises, terminó con “La senda del tiempo” (qué se puede decir de esta canción ¡es inmortal!) y con el subidón eterno de “No nos podrán parar” para poder irnos dando saltos camino del cielo o de la barra. Hice lo posible por no quedarme sin voz. Fui muy feliz en el concierto. Yo, les confieso, estaba deseando escribirles esta carta. Y ojalá haya otra próxima vez.
Santiago G-Zorrilla