Rituales de comienzo del verano. Bajar a las fiestas de Aluche. Al menos, un día. Al menos, una noche. Y en un momento dado, dejarme caer por la caseta del centro extremeño para pedir algo de cena. Por supuesto, un bocata de lomo con queso. El mejor de las fiestas. Aunque es cierto que hace años que sólo pruebo el suyo. La clave es el queso. Cuando, en cualquier circunstancia, me doy permiso para pedirlo, mi cara dibujará una evidente decepción si el queso ofrecido es de barra; directamente será rabia lo que me embargue si me maltratan con un tranchete. Significará que me han aguado la fiesta. Pero cuando, sea bar de barrio, de pueblo o de carretera, o caseta de fiesta, tienen la consideración y el buen gusto de combinar la cinta de lomo adobada con una generosa ración de queso de verdad, a ser posible curado, entonces sí, amigo, el disfrute es máximo. El Perro Paco me mira y hoy sí asiente con la cabeza y golpea el suelo de tierra con el rabo de forma bastante sonora. Se relame. Este año, primer fin de semana de junio, volví a buscarlo y volví a encontrarlo en la caseta de Extremadura.
En las fiestas de Aluche las casetas han ido cambiando a lo largo de los años. Quiero decir que por una parte ha aumentado su número, y esto ha estado bien, y por otra han ido, algunas, cambiando de titulares. Las de los partidos políticos, por ejemplo, que reflejan, entiendo que por derecho propio, a los partidos con representación en ese momento en el Ayuntamiento de Madrid. Esto nos obliga en 2026 a tragarnos determinadas y nauseabundas presencias, qué le vamos a hacer.
Otras casetas, por suerte, no han cambiado en décadas. Y en este caso me quiero referir precisamente a las que demuestran una vez más que Madrid es una ciudad de emigrantes, que es una ciudad de inmigrantes. Por eso se utiliza a menudo el término ‘migrantes’, como forma de englobar en una misma voz las dos perspectivas del fenómeno de la migración: quien se marcha y quien llega. La misma persona. Sólo cambia el lugar desde el que estás mirando. Es un lugar común decir que en Madrid nadie es forastero porque todos lo somos. Quizás esto ha ido cambiando un poco con el tiempo, pero la esencia de esta afirmación continúa vigente y tatuada en la historia de la ciudad. En Aluche, los centros culturales de Extremadura, Castilla-La Mancha y Castilla y León forman parte de la identidad del barrio desde que yo tengo memoria y probablemente desde su propia existencia. Personas que buscaron mejor fortuna lejos de su tierra, en la gran ciudad, en la que se concentraban, y lo siguen haciendo, las oportunidades.
Con 14 años llegó a Madrid mi yayo Jesús procedente de un pueblo de Extremadura, muy cerca de Plasencia, llamado Santibáñez el Bajo. Era el año 1932 y sus hermanos mayores, Teófilo y Marcial, ya se habían adelantado y habían abierto algo el camino. No mucho tampoco. El padre de mi madre encontró trabajo al llegar a Madrid en una tienda de ultramarinos cerca del Paseo de Rosales como chico de los recados. Vivía allí, en la propia tienda. Dormía en un jergón bajo el mostrador. Hizo, como tantos, su vida aquí y ya no volvió a marcharse. No tenemos casa en el pueblo desde hace mucho, aunque hemos regresado varias veces. Perdimos el vínculo, por así decirlo, por las cosas de la vida. Y sin embargo, ahí sigue.
Santiago G-Zorrilla