Por la calle de Jacinto Verdaguer con el Perro Paco

Mural de coyote en cierre de calle Jacinto Verdaguer

Capítulo 1
Agosto de 2026

Es una noche temprana de agosto, calurosa, muy calurosa. Madrid está cerrado por vacaciones y tomo desde Antonio de Leyva la calle de Jacinto Verdaguer. Me sitúo en la acera de los pares. La calle está tranquila, a pesar de sus cuatro carriles para el tráfico rodado y los dos adicionales de aparcamiento. La calle está apagada, pese a la luz tenue y amarilla de las farolas. Son más de las nueve de la noche y casi todo el comercio que no se ha ido de vacaciones ha echado ya el cierre del día. Normal. Paso frente a escaparates de oficinas inmobiliarias, peluquerías, clínicas dentales, charcuterías. Hasta hay un par de bares que están cerrados, ya sea porque son de día o porque están descansando. Sólo un par de establecimientos permanecen abiertos, son dos tiendas de alimentación. Una de ellas se llama Sofía y hace esquina con Lola Membrives. También hay un bar, que a primera vista no tiene ni nombre, sólo pone fuera ‘restaurante’, creo que en azulejo, en un vestigio de una vida anterior. Al otro lado de la calle hay edificios de ladrillo visto de color marrón, con alturas de entre seis y ocho pisos, toldos verdes y ventanas con marcos blancos. Queda lejos la otra acera con tanto carril para el tráfico.

Encuentro un grafiti bastante guapo en un cierre metálico, está firmado por Donus y Ale, o eso me parece, si bien remiten al colectivo de arte urbano From Kolors. En el mural, aparece lo que a mí se me asemeja a un coyote con un tercer ojo de la sabiduría y un buen abrigo con solapas de ladrillo azules y moradas. De fondo hay un paisaje montañoso y un lobo negro y peludo que levanta una pata cerrada en puño. Lo dejo atrás tras tomar la fotografía. Más adelante hay otro rincón que llama mi atención. Es lo que parece la entrada a un local, en un metido en la calle, con aviso de alarma activada y un oso y un madroño pintados en la pared ocupando la puerta metálica y la pared adyacente. Sigo caminando y cuando llego al cruce con la calle de la Iglesia dejo Jacinto Verdaguer. Volveré.

Capítulo 2
25 de septiembre de 2026

Llego al cruce de Jacinto Verdaguer con Antonio de Leyva al filo de las 10 de la mañana. El privilegiado esquinazo que ocupa la frutería Dali ya está funcionando y con bastante actividad. Es un amplio local en el que, además de fruta, es posible encontrar un gran repertorio de productos buscados por nuestros vecinos inmigrantes. A continuación se encuentra el bar El Toledano, abierto para el horario de los desayunos. Poco después, se suceden algunos comercios, como un local de estilismo personal y otro dedicado a la venta e instalación de tarimas y parquet. Antes de llegar al siguiente cruce nos encontramos con la farmacia, que ya ha puesto su escaparate de otoño a pesar de que el calor sigue instalado en la ciudad: hojas secas de plástico, tonos anaranjados, pequeñas piñas y alguna seta de buen tamaño rodean a cremas hidratantes y complejos vitamínicos para afrontar el supuesto cambio de tiempo. Todo este tramo de Jacinto Verdaguer goza de una gran animación comercial. Y se agradece.

Por fin llego a la intersección con la calle de la Verdad, donde queda el rastro Betel y un quiosco de prensa. Paro a comprar el periódico. No tengo suelto y la quiosquera, que departe animada con una vecina, me dice que le pague otro día, porque no tiene cambio ni tampoco datáfono, que no pasa nada, que otro día le doy los 2 euros. Me acuerdo de los clásicos cartelitos de los bares (Hoy no fiamos, mañana sí) y me dan ganas de abrazar a la señora. Esa es la resistencia. Espero que no se me olvide volver ni que me acuerde dentro de seis meses. Me marcho de la calle Jacinto Verdaguer.

Capítulo 3
Octubre de 2026

Justo antes del cruce con la calle Iglesia, en la acera de los pares, se encuentra la cafetería Alazán. Es un café refugio: más bien pequeño, con proporciones cercanas a un cuadrado, con un buen ventanal para observar la calle desde algunos puestos privilegiados de la barra. La clientela que se deja pasar por aquí en esta mañana de diario es primordialmente mayor. El chico de la barra y la señora, probable dueña, que ocupa una mesa, los llama a casi todos por su nombre, con familiaridad: «¡Hasta mañana, Antonio!». Es una muestra. Desgraciadamente el bar cuenta con su máquina tragaperras, elemento demasiado naturalizado en el paisaje de los bares. También tiene, detrás de la barra, un bajorrelieve de apariencia metálica con dos caballos. Me resultan hipnóticos este tipo de detalles que distinguen un lugar de otro. Tendrá su historia, porque su lugar es preeminente. También cuenta con su gato japonés random de la suerte.

He tenido una corazonada. He buscado ‘alazán’ en el diccionario, pues, disculpen, ignoraba su significado, pero no del todo, porque alguna conexión neuronal se ha activado en mi cabeza. ‘Alazán’ es ‘rojo’ o ‘rojizo’, pero aplicado precisamente a los caballos. Es una palabra que viene del árabe hispánico, del que se hablaba en la Península Ibérica. Ese es el motivo por el que los caballos del bajorrelieve ocupan un lugar de privilegio y esa es la conexión con el nombre del bar. Sólo falta averiguar el motivo. ¿Qué significan los caballos alazanes para los dueños de la cafetería?¿De dónde salió aquel bajorrelieve?

Me sobrecoge la mirada perdida del señor que, sobre un taburete, está sentado a mi izquierda, junto al ventanal. Se queda completamente ensimismado, mirando hacia abajo, con los ojos tan abiertos como ausentes, asomado a su abismo. Vuelve en sí de vez en cuando y al momento regresa a ese lugar, que asusta un poco. Se marcha antes que yo, que tampoco tardo mucho en irme.

Nota: este artículo está en construcción, como la película de Guerín. Si te ha gustado, vuelve.

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