El Perro Paco: bohemio, libre y callejero

Volvíamos a caminar juntos, Paco y yo. Aquella tarde mi cánido amigo quería compartir conmigo el resultado de sus últimas investigaciones dedicadas su tan ilustre antepasado, el célebre perro llamado Paco, que viviera en el último cuarto del siglo XIX paseando su palmito por las calles de Madrid.

Y cuéntame, Paco, ¿qué has estado averiguando?, le pregunté.

Pues es que fíjate que en los últimos tiempos me han preguntado en varias ocasiones si se podría considerar que el Perro Paco fue el primer influencer de Madrid. ¿Cómo te quedas?, me lanzó, antes de continuar ladrando.

El Perro Paco, ¿el primer influencer de Madrid?

Te pongo en contexto. Seguro que te acordarás de aquella noche en el Café de Fornos, en la que mi pariente fue bautizado como Paco por el Marqués de Bogaraya después de que aquel distinguido señor le invitase a un pedazo de carne y el bueno de Paco le hiciera buena fiesta para agradecerle.

Como comprenderás, un perro callejero es cualquier cosa menos tonto. El Perro Paco entendió al toque que había caído de pie y que había que aprovechar la oportunidad. En los días siguientes, volvió al Fornos, donde siguieron dándole paso, y poco a poco se hizo con el favor de toda la parroquia habitual del garito de moda de la época. Paco siempre pescaba algo, aunque fuese un terrón de azúcar. Cuando la casualidad quería, y coincidía con el Marqués de Bogaraya, ahí subía de categoría y cenaba sentado a la mesa, con servilleta al cuello. Pero cuando no estaba Don Gonzalo, igual no fueron pocos los que le invitaron a cenar.

El Perro Paco y el Marqués de Bogaraya
El Perro Paco almorzando en el Fornos con el Marqués de Bogaraya

Paco siempre era pródigo en agradecimientos con sus benefactores. Cuando terminaba la cena, sin conocer la pereza, se levantaba rápidamente para acompañar hasta su casa al anfitrión de la noche. Hasta su misma puerta llegaba pero, de todos es sabido, nunca aceptaba las invitaciones a subir. El Perro Paco amaba su libertad y no estaba dispuesto a sacrificarla por alfombra y chimenea. Y si alguien se ponía un poco pesado con las insistencias, apretaba los dientes y emitía un gruñido sordo, a modo de advertencia. Con el pasar de los días, su fama de perro bohemio, libre y callejero se extendió, de boca en boca, por las calles de Madrid.

De los cafés de tertulia al teatro, de las cigarreras a la high class

El Café de Fornos era uno de los principales cafés de tertulia de Madrid, que era a su vez la ciudad española en la que este tipo de establecimientos vivió un mayor esplendor en las últimas décadas del siglo XIX. Eran cafés que se hicieron célebres por las tertulias que albergaban, en las que participaban escritores, artistas, médicos, políticos y hasta toreros. Paco probablemente iba por la comida, pero le fue tomando el gusto a las tertulias y, así, este perro vagabundo se fue convirtiendo en un can ilustrado. El Perro Paco completó todo el saber de la calle que ya tenía con otras formas más refinadas de encontrar el conocimiento y tomarle el pulso a una ciudad en explosión.

Llegó un momento, ya saben cómo son las ansias, en que el Fornos se le quedó pequeño y comenzó a explorar otras casas, como el Café Suizo, que estaba situado prácticamente enfrente, donde hoy se encuentra la calle Sevilla haciendo esquina con la calle Alcalá. Parece ser que en el Café Suizo, Paco solía ir buscando un dulce: un pedazo de pastel, un bizcocho o un fragmento de mojicón, por ejemplo. Se le menciona, también, acudiendo a los cercanos Café Inglés y Los Dos Cisnes, pero es más que probable que el listado fuera mucho más extenso. El Perro Paco fue, como perro de su tiempo, un enamorado del ambiente bohemio de los cafés de tertulia de Madrid.

Impresionante, Paco. ¡Un perro que alternaba con escritores y vagabundeaba de café en café! ¡No doy crédito!

Pues así era, amigo, pero no creas que se apoltronó en los divanes de terciopelo, no, porque, pese a todo, él donde estaba más tiempo era en la calle. No son pocos los que han dejado constancia de sus paseos errantes, pensativo a veces, otras alegre, por todas las calles y recovecos de la ciudad. Hay quien afirma que a las nueve de la mañana ya se dejaba ver por la Puerta del Sol, para contemplar la salida de los tranvías. Su cuartel general se encontraba entre esas calles: Alcalá, Carrera de San Jerónimo, la Puerta del Sol y la calle Ancha de los Peligros, pero también se le refiere deambulando por el Paseo del Prado o la Castellana y, por supuesto, en el Parque del Retiro, donde no perdonaba la siesta tras comer en el Casino o en el Veloz Club.

Dibujo del Café de Fornos - Pablo Picasso
El café de Fornos según dibujo de Pablo Picasso en revista Arlequín (1903)

Cuando, después de la siesta, se desperezaba a media tarde en el gran parque de Madrid, esperaba el momento de la hora del paseo para disfrutar del espectáculo de los caballeros y señoras de postín dejándose ver desde sus carruajes en singular ceremonia de pavoneo.

Así que a Paco le gustaba codearse con la high class, como decían en la época, ¿cierto?

Pero tampoco sólo, o no únicamente quiero decir. Dicen que sí, que así era, pero que también tenía una gran relación con los mangueros, que le regalaban una generosa ducha cada mañana, y con las cigarreras de Embajadores, a las que visitaba con frecuencia y que siempre le convidaban a alguna chuchería. Al Perro Paco, por lo demás, le gustaba mezclarse con el gentío, con el pueblo de Madrid, disfrutaba en desfiles y procesiones y hasta acudía a contemplar el cambio de guardia en el Palacio. Mi conclusión, después de todo, es que a Paco lo que le gustaba era estar metido en el meollo y le interesaba todo lo humano, como a tantos perros, inexplicablemente. Y es posible que te sorprenda, aunque a estas alturas creo que no debería, pero Paco dio, todavía, un salto más, verdaderamente asombroso.

¿De qué estás hablando ahora? Le pregunté, atónito.

Pues de que no contento con ser un habitual de los cafés de tertulia, mi lejano abuelo le cogió el gusto al teatro.

¡Pero qué me dices! ¿Un perro callejero en el teatro? ¡No me lo creo!

Como te lo digo, amigo. Él, para ese momento, ya tenía un nombre en Madrid, quiero decir que ya era bastante conocido en la ciudad, y se ve que intentó una buena noche entrar por primera vez en el Teatro Apolo, que estaba muy cerca del Fornos, también en la calle Alcalá, y se ve que el personal le dejó pasar.

Desde entonces, ya sabes, el Perro Paco siempre caía en gracia, por lo que primero se hizo frecuente verle por allí, en el popular templo del género chico. Y luego, la historia se repitió. Afianzado en el Apolo, empezó a hacer sus pinitos en otros teatros de la capital. Se le refiere visitando el Teatro Español y hasta el Teatro de la Zarzuela. Pero es que, oye, se le llega a situar en el mismísimo Teatro Real que, como todo el mundo sabe, es el gran palacio de la ópera en Madrid.

¡Definitivamente! ¡Tu pariente era un fuera de serie, nunca se vio un cánido así en esta ciudad! ¡Y con un gusto tan refinado!

La llamada del instinto: las carreras de caballos y los toros

Y yo no te digo que no, oye ¿pero sabes qué pasa? Que el instinto es el instinto, y la cabra acaba tirando al monte. Porque el Perro Paco podía acudir a los cafés, el casino y los teatros, pero no podía esquivar la suya naturaleza, no podía hacer oídos sordos a la llamada de lo salvaje.

¿Qué quieres decir, Paco? ¡Me tienes en ascuas!

El Perro Paco respiró profundamente.

Pues se trata, amigo mío, de que si hablamos de pasiones, sus pasiones más viscerales eran, ni más ni menos, que los toros y las carreras de caballos. El Perro Paco bajaba hasta la Castellana para acudir al hipódromo madrileño recién inaugurado y no dudaba en lanzarse a la hierba para perseguir a los cuadrúpedos en sus disputadas carreras. Sí se sabe que no apostaba, y no es un detalle menor, como tampoco lo es que más de una vez lanzó un bocado al aire que pretendía alcanzar las pezuñas de los caballos.

En cuanto a los toros -y el rostro de mi amigo se tornó sombrío y lúgubre- los toros, ya sabes… los toros fueron su perdición. El Perro Paco era, es la verdad, muy aficionado, y acudía con frecuencia a la plaza de toros de Goya, que se había inaugurado también hacía pocos años y que se levantaba en el lugar que ahora ocupa el Palacio de los Deportes. Tal era su afición que Paco tenía localidad fija en el tendido 9 y no te creas que acudía sólo como espectador, no señor. Podía estar en su asiento, pero en cuanto sentía esa llamada, saltaba al ruedo e intentaba participar en la faena. A veces lo hacía para plantarle cara al astado y más de un puntazo se llevó; otras veces, para protestar por las malas artes del torero. Al día siguiente, Paco era citado en las crónicas taurinas, que recogían sus hazañas a falta de mejores méritos humanos. Y es que así era Paco: valiente, libre, callejero, un tanto pendenciero, ilustrado, tan sociable y tan solitario al tiempo…

¡Qué más te puedo decir! Un tipo poliédrico, no hay duda, me pareció preciso apuntar.

El Perro Paco, con su demoledor desdén hacia el comentario vacío, continuó como si nada.

¿Influencer me dicen? Me preguntan que si fue un influencer ¡el primero de Madrid acaso!

Pues amigo, saca tú tu propia conclusión.

El Café de Fornos y un perro que podría ser Paco
El Café de Fornos y un perro que podría ser Paco

Y el Perro Paco se puso a trotar y se perdió de mi vista entre las calles de esta ciudad.

Santiago Gómez-Zorrilla

Publicada originalmente el 9 de noviembre de 2024
Última actualización: 12 de marzo de 2026

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